Hoy se celebra el solsticio de invierno en el hemisferio norte y el de verano en el hemisferio sur. También en unos días más se celebra la Navidad y el año nuevo. La cercanía entre estas fechas no es una casualidad; pese a nuestro reciente hábito colectivo de la distracción, los humanos siempre hemos sido atentos observadores de los ciclos de la naturaleza, no solo para aprender a vivir en armonía con ella, sino también para comprender y dar sentido a nuestros propios ciclos internos, especialmente a nuestros procesos de cambio.

Cada uno tiene sus propios solsticios internos, sus nacimientos, muertes y resurrecciones.

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La guitarra y el sol del invierno.

Estos son los días más cortos del año en el hemisferio norte, los días en que el sol está más lejos y la oscuridad de la noche es más larga. Son los días fríos en que el sol se ofrece oblicuo por las tardes, contorneando los objetos con un halo dorado que embellece todo lo que toca. A partir del solsticio de invierno empieza un nuevo ciclo donde poco a poco los días se harán más largos y donde el ciclo de fertilidad de la tierra vuelve a renovarse.

Tan natural es ver este momento como una muerte y un comienzo de un nuevo ciclo, que muchos pueblos originarios del hemisferio sur no celebran el año nuevo en enero como lo impone el calendario gregoriano, sino que en junio, cuando ocurre el solsticio de invierno del hemisferio sur. Este es el caso de la ceremonia Mapuche del We Tripantu (“nueva salida del sol y la luna”). Esta ceremonia, en la cual tuve la oportunidad de participar un par de veces con una comunidad Pewenche en la región del Biobío (Chile), celebra y agradece la vida que se renueva a través de un ritual dedicado al sol y a la tierra.

Sea donde sea que estés, norte o sur, en medio de la naturaleza o en plena locura de gran ciudad vestida de shopping navideño, te invito a celebrar esta “nueva salida del sol y la luna”, refrescando tu mirada y renovando tus votos. Si eres cristiano, estos pueden ser tus votos de nutrir el Cristo interno, que es tu capacidad de amor y compasión; si eres budista, puede ser tu voto de cultivar tu naturaleza despierta y sabia; si no te consideras cercano a ninguna tradición, puede ser tu voto de vivir una vida plenamente humana en beneficio propio y de quienes te rodean. De hecho, ninguna tradición espiritual tiene los derechos exclusivos sobre el despertar a nuestro potencial de amor y sabiduría. Basta tener una mente y corazón  para aspirar a despertar plenamente por el beneficio de todos los seres, comenzando por nosotros mismos.

La muerte del año viejo, el nacimiento del año nuevo y este solsticio traen a mi mente un verso que se recita al final del día en los retiros zen:

Permitidme recordaros respetuosamente:
La vida y la muerte son de suprema importancia. 
El tiempo pasa rápido como una flecha y las oportunidades se desvanecen.
Cada uno debe intentar despertar.
Esta noche quedará uno menos de tus días.
¡Despierta! Presta atención; no desperdicies tu vida.

No solo el Zen, sino que todas las tradiciones de sabiduría han utilizado la reflexión sobre la impermanencia y la muerte para inspirar el cultivo de una vida consciente que esté alineada con nuestros valores más profundos. Los valores auténticos no son ideas que simplemente has tragado de otros, sino que son aquello que más valoras en la vida, aquello por lo cual la vida merece la pena ser vivida.

Precisamente, el fin de un ciclo y el comienzo de uno nuevo es un tiempo de crisis, palabra que en su sentido etimológico proviene del término “cribar” (tamizar, filtrar, depurar), tal como la palabra discernir proviene del término “cernir”. El fin de año puede ser un tiempo de discernimiento, una oportunidad sagrada de observarnos y pasar nuestra mente y corazón por una criba que sea capaz de retener lo que sea fundamental y que filtre todo lo innecesario, aquello que no es central y en lo cual estamos perdiendo energía innecesariamente.

En este discernir, ve si puedes cultivar un sentido de gratitud por aquello que valores en este año que ha pasado. Puedes detenerte un instante en todo lo que ha brillado en tu año, todo lo que ha salido bien, todo lo que te ha traído alegría y gozo. Pero también toma en cuenta que incluso las vivencias difíciles, tales como las pérdidas o las enfermedades, pueden haber dejado regalos inesperados, tales como nuevos aprendizajes, mayor madurez, paciencia o sabiuría.

Luego de detenerte a apreciar aquello que agradeces de tu año, puedes tomarte un buen momento para reflexionar o escribir sobre las cualidedes-semillas que desearías sembrar en tu mente y tu corazón este año que comienza. ¿Qué quieres cultivar este año? ¿Qué valores esenciales deseas que informen tus días y tus acciones? Si lo deseas, puedes hacer una pequeña lista y guardarla en algún lugar donde puedas visitarla de vez en cuando. Mientras más sencillas y fundamentales sean tus aspiraciones, más probabilidades tienes de encarnarlas este año que comienza.

Comparto un ejemplo de una aspiración personal que intentaré practicar este año que comienza, y puede que resuene contigo ya que es una aspiración que necesitamos en muchos contextos. Esta aspiración es el deseo de escuchar mejor y más profunamente a mi mismo y a los demás:

“Aspiro a aprender a escuchar para comprender mejor y ayudar a aliviar mi propio sufrimiento y el de los demás. Intentaré practicar la escucha con toda mi atención y apertura. Intentaré escuchar sin prejuicios o al menos ser consciente de ellos. Practicaré escuchar sin juzgar o reaccionar ciegamente. Intentaré escuchar atentamente lo que sea dicho y lo que ha sido dejado en el silencio. Sé que al escuchar profundamente puedo aliviar una gran cantidad de sufrimiento en mí mismo y en los otros”.

A veces es útil tener algún tipo de recordatorio de las propias aspiraciones, ya sea una cita inspiradora encima del escritorio, alguna imagen que nos recuerde nuestra aspiración,  o leer de a poco un buen libro sobre el tema. Por ejemplo, si deseas practicar la gratitud en tu vida, leer el libro “La gratitud: El corazón de la plegaria” de David Steindl-Rast o, desde una mirada más secular, el libro “¡Gracias!: de cómo la gratitud puede hacerte feliz” de Robert Emmons, puede mantener tu intención para el año muy presente y en la superficie de la conciencia.

Avalokiteshvara, “aquel que escucha los lamentos del mundo”

Aunque la lectura sigue siendo un medio de inspiración favorito, últimamente estoy encontrando un gran valor en las imágenes como símbolos de inspiración y transformación. La imagen de arriba, por ejemplo, es una estatuilla de Avalokiteshvara (también llamado Quan-Yin en China y Kannon en Japón) que tengo en la sala de mi casa . Avalokiteshvara no es una representación de un dios, ni algo a lo cual se rece, sino que es una imagen arquetipica que simboliza la capacidad humana de percibir en profundidad el sufrimiento que está presente en uno mismo y en los demás y generar la motivación altruista de ayudar a aliviarlo. En algunas representaciones se muestra este arquetipo con mil brazos simbolizando la acción compasiva, y en cada palma de cada mano hay un ojo, simbolizando la visión profunda y la comprensión correcta que guía la acción compasiva. A veces, a este arquetipo se le llama “Aquel que escucha los lamentos del mundo”, un nombre evocador especialmente para quienes trabajen en profesiones de ayuda, como psicoterapeutas, médicos, enfermeros, educadores o trabajadores sociales.

Encontrar imagenes que resuenen contigo, ya sea de personas inspiradoras vivas o muertas, o bien de símbolos o imágenes de la naturaleza que te recuerden tus aspiraciones más altas, puede ser una manera muy concreta y práctica para tener en mente estos ideales en tu vida cotidiana. Crear un rincón de la casa donde hayan algunas imágenes o frases inspiradoras es un arte que en general hemos perdido en occidente y es un recurso que no estamos aprovechando. Los altares siempre han sido espacios de “magia operativa” donde podemos coger inspiración para manifestar nuestros ideales en el mundo. Son un refugio en medio de la tiranía de lo práctico. Quizás crear un pequeño altar con lo que a ti te resulte inspirador puede ser un buen recurso para concretar las aspiraciones que tengas para este año que comienza.

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En fin, te deseo de corazón un buen comienzo de ciclo. Que cada día te acerques más  a manifestar tu potencial para tu propia dicha y para la dicha de quienes entren en contacto contigo.

¡Felices fiestas!