La vida puede desarrollarse en todo su potencial cuando podemos ofrecernos a nosotros mismos y a los otros una mirada de aceptación incondicional y de reconocimiento de la dignidad y valor de cada ser. Es un detalle muy lúdico de la evolución el que esa profunda dignidad se reafirme a través del juego y no a pesar de él: quien se toma la vida realmente en serio y la honre en toda su riqueza y profundidad, nunca deja de jugar.

La vida solo puede desarrollarse en todo su potencial cuando mantenemos en un lugar íntimo de nuestra visión el hecho de que la vida entera es un juego y una danza. Nuestra salud física y mental depende en parte de no desconectarnos de nuestra capacidad de amar y jugar. Incluso cuando nos desconectamos con esta visión y nos olvidamos del amor y del juego, estas capacidades son recuperables mientras estemos vivos ya que son inherentes y constitutivas de lo humano. No es posible secar el corazón humano hasta un punto del todo irrecuperable. Al menos en mi experiencia como clínico, como educador y, sobre todo, como ser humano, me niego a perder mi fe en la resiliencia del ser humano, por jodidos que podamos encontrarnos.

Esta fe no surge del agotador “piensa positivo” de la nueva industria de la felicidad o del pensamiento mágico, sino que es una fe basada en la experiencia de atestiguar una y otra vez el reverdecer del alma de tantas personas, de ver cómo emerge el niño que sabe amar y jugar en quienes se creían irremediablemente grises, muertos en vida. Podemos transitoriamente perder nuestra capacidad para el amor y el juego, caer en trances hipnóticos y ser poseídos individual, grupal o incluso nacionalmente por los arquetipos del homo faber, el homo economicus, el homo technologicus o el homo bellicus, sin embargo nunca muere del todo la naturaleza intrínseca del homo ludens-amans en el corazón humano.

Izquierda: Mi amigo Dent bailando con su hija en el baile padre/hija de su escuela. Derecha: chimpancés bailando/jugando.

¿Por qué nos deprimimos cuando en nuestra vida falta el amor y el juego? En el mundo de los mamíferos la subsistencia depende del contacto y el cuidado de un otro que desde la infancia nos sostenga, alimente y nos refleje con amor la sensación de ser básicamente aceptados tal como somos. A la vez, los mamíferos sentimos placer al ofrecer esa mirada de amor a un otro, así nos co-creamos y sostenemos en reciprocidad. Dentro del universo mamífero, los primates y más aún los seres humanos tienen un cuerpo-mente que es profundamente relacional. El sistema nervioso humano (que incluye pero trasciende el cerebro) ha sido visto por décadas principalmente como un sistema de procesamiento de información (metáfora computacional de la mente), sin embargo, desde perspectivas de vanguardia, como la perspectiva enactiva, la biología del conocer, la neurociencia social y el psicoanálisis relacional, actualmente se comprende que el sistema nervioso humano es un complejo sistema relacional: una de sus funciones principales consiste en comprender y generar señales sociales, verbales y no verbales. Además, desde la experiencia clínica sabemos que la salud mental depende del tipo de relación que sostenemos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo. Salud es salud relacional.

Para comprender mejor a qué me refiero con amor y juego en este contexto, recurro a Erich Fromm y Humberto Maturana (quien inspiró el título de este post). El primero desde el psicoanálisis y la psicología social, el segundo desde la biología del conocimiento, nos ofrecen claves relevantes sobre el vínculo entre amor, juego y salud. En su libro The sane society, Fromm afirma:

El amor siempre involucra un conjunto de actitudes: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Si amo, cuido, es decir, estoy activamente implicado en el desarrollo y la felicidad de la otra persona; no soy un espectador. Soy responsable, es decir, respondo a sus necesidades, aquellas que puede expresar y más aun aquellas que no expresa o que no puede expresar. Lo respeto, es decir, (tomando el significado original de re-spicere) lo miro tal como es, objetivamente y no a través de la distorsión de mis deseos y temores. Lo conozco, y he penetrado a través de la superficie hacia el centro de su ser y me relaciono con él desde mi profundidad, desde el centro, y no desde la periferia de mi ser.

Ser amado es ser visto desde una mirada que nos permite explorar las distintas dimensiones de nuestro ser y de la vida sin temor a ser juzgados por ello. Esa mirada amorosa y no enjuiciadora debe provenir desde un otro en el proceso de formación de un bebé para volverse plenamente humano, y es una mirada indispensable en las relaciones sanas y significativas de la adultez (parejas, amistades, relaciones terapéuticas, etc.). Sin embargo, también es posible aprender a ofrecerse esa mirada a uno mismo. Cuando las personas aprendemos a cambiar nuestros hábitos de auto-desprecio por un amor genuino hacia nosotros mismos, ya sea a través de una relación íntima reparadora, una terapia, una experiencia mística o a través de prácticas contemplativas religiosas o seculares, poco a poco la auto-crítica centrada en la vergüenza de ser quien uno es va dando paso al cultivo de un espacio seguro en el propio corazón. Este espacio nos permite explorarnos y jugar a ser quienes podemos llegar a ser en esta vida más allá de nuestros prejuicios y creencias autolimitantes. Esta exploración puede incluir nuestras diversas vocaciones y sueños, nuestras formas de participar en la familia humana, nuestra sexualidad e identidad de género y nuestra relación con el misterio.  Al hablar sobre este tipo de amor hacia uno mismo, el poeta irlandés John O’Donohue comenta:

Esto no es egoísmo ni tampoco narcisismo, ambas distorsiones obsesivas de la necesidad de ser amados, sino que es la fuente de amor en tu corazón (…) Es más una cuestión de ejercer la paciencia y de invitar a esta fuente de amor, que es nuestra verdadera naturaleza, a fluir a través de nuestra vida. Cuando esto ocurre, el suelo que se ha endurecido dentro tuyo se empieza a ablandar nuevamente. Puedes trabajar en ti mismo para comenzar a remover los sedimentos, de manera que las aguas nutritivas inicien la cariñosa osmosis que lentamente infunda e impregne la arcilla endurecida de tu corazón. Así, el milagro del amor ocurre dentro de ti.

Si uno aprende a amarse a sí mismo y es capaz de jugar en la propia vida, es probable que también pueda ofrecer ese amor y esa disposición al juego a quienes nos rodean, co-creando así microculturas de cuidado y libertad creativa y expresiva. Una sociedad caracterizada por el amor apoya la expresión de la diversidad en vez de castigarla, y ese cambio cultural comienza siempre por uno mismo. Esta responsabilidad es ineludible e intransferible.

Si el amor es esa mirada de aceptación incodicional y el compromiso de apoyar la felicidad y el florecimiento un otro o de uno mismo (en el amor hacia sí mismo), el juego es el espacio relacional donde el amor puede expresarse a través de honrar la presencia compartida y la relación como un fin en sí mismo. Escribe Maturana:

Lo que connotamos en la vida cotidiana cuando hablamos de jugar, es una actividad realizada como plenamente válida en sí misma. Esto es, en la vida diaria distinguimos como juego cualquier actividad vivida en el presente de su realización y actuada emocionalmente sin ningún propósito exterior a ella. En otras palabras, hablamos de juego cada vez que observamos seres humanos u otros animales involucrados en el disfrute de lo que hacen como si su hacer no tuviera ningún propósito externo.

Apuntando hacia el vínculo entre amor, juego, el desarrollo saludable en la infancia y la recuperación del bienestar cuando la hemos perdido, Maturana afirma:

La convivencia amorosa materno/infantil en el espacio de total aceptación corporal del juego, constituye en sí una epigénesis que lleva a los niños a un vivir espontáneo en el respeto por sí mismos y por los otros, en la autonomía del actuar desde sí, sin miedo a desaparecer en la colaboración. La matriz relacional que en que los niños aprenden en este vivir relacional, es el fundamento del pensamiento reflexivo que nos permite soltar todas las certidumbres y salir de todas las trampas culturales que niegan la reflexión, a la vez que nos abre el camino para que el amar opere como lo que es, el fundamento inconsciente que nos lleva a recuperar el bienestar en el convivir en la biología del amar.

Bonobos, madre e hijo.

Nuestro cuerpo/mente está estructurado de tal manera que nuestra salud física y mental se potencia y nuestras mejores cualidades florecen cuando nos sentimos parte de un espacio (interno y externo) seguro y cuando hay al menos algunos momentos en el día en los cuales podemos volcarnos con libertad a nuestras actividades como fines en sí mismos y no como meros medios para obtener fines extrínsecos (poder, estatus, dinero, reconocimiento, etc.).

El juego y el amor requieren de tiempo, y de alguna manera amar a alguien es ofrecerle el regalo de nuestro tiempo y co-construir un modo de estar que nos brinde la sensación real de que hay tiempo, de que no estamos en una interacción completamente pautada por la exigencia de llegar a un resultado desde la competitividad, o desde la simple negación del otro y su subjetividad.

En mi trabajo con profesionales de los cuidados paliativos, veo cómo uno de los gestos que más valoran los pacientes es cuando sienten que sus médicos y enfermeras les dan tiempo real y de calidad. Con esto no me refiero necesariamente a pasar horas charlando, sino a gestos humanizantes en que el profesional se detiene a mirar a los ojos y se interesa personalmente por el bienestar del paciente, reconociéndolo como un compañero ser humano; lo ama y puede jugar con él, es decir, se relaciona con él como un fin en sí mismo más allá de los roles médico/paciente. Me refiero a aquellos instantes mágicos que quedan escritos en el alma del paciente y en el CV espiritual del profesional, instantes en los cuales se produce el encuentro de humano a humano, de mamífero a mamífero, de misterio a misterio.

Este tipo de interacciones humanizantes no solo cambian radicalmente la experiencia del paciente y su familia; también cambia la relación del profesional con su trabajo al convertirse en la vía de expresión de su amor y su capacidad de jugar. El trabajo cobra sentido cuando su fruto consiste en crear y sostener estructuras en las que el amor pueda expandirse de más y mejores maneras. Esta puede ser una clave importante en relación al autocuidado del profesional, la prevención del estrés y el burnout. Tomarse vacaciones sigue siendo muy importante, pero también puede serlo el generar espacios libres de exigencia (de juego) en el trabajo, micro-espacios donde podamos manifestar el amor y el juego (los fundamentos olvidados de lo humano) en la actividad a la cual dedicamos 8 horas al día por 40 años. De hecho, unas vacaciones pueden no significar un descanso real si es que las vivimos desde la exigencia, desde el deber, incluído el deber de disfrutar.

Finalmente, quiero subrayar la importancia del amor y el juego en nuestra relación con nuestras creencias y visiones de mundo. Basta con ver las noticias por unos minutos para constatar el nivel de sufrimiento y la cantidad de muertes que causa el aferramiento a ciertos puntos de vista. También lo podemos ver en nuestras interacciones con los demás, presencialmente, y aun más online: cuando nos aferramos a nuestras creencias y puntos de vista podemos perder del todo nuestra empatía hacia los otros y estar dispuestos a negar incluso su existencia. En una actitud radicalmente opuesta, el Dalai Lama, un líder espiritual de escala mundial y maestro de uno  de los sistemas filosóficos más ricos y complejos que ha generado la mente humana, es capaz de decirle a Humberto Maturana como se muestra en este hermoso y breve vídeo: “muchas gracias, te considero como uno de mis maestros”. Creo que hay una relación entre esta flexibilidad cognitiva y humildad del Dalai Lama (quien en numerosas ocasiones ha afirmado que “si la ciencia demuestra algo que contradice al budismo, debemos actualizar nuestras creencias budistas a la evidencia científica disponible”) y su presencia amorosa y juguetona evidente en muchas de sus interacciones a través de los años (ver este vídeo, por ejemplo).

¿Qué pasaría si pudiésemos relacionarnos con nuestras creencias y perspectivas con cierta liviandad, tomando en cuenta que la realidad será siempre más compleja de lo que podemos comprender y categorizar? ¿Qué pasaría si reconociéramos abiertamente que en el fondo nadie sabe completamente lo que está pasando y que mucho de lo que está pasando no lo comprendemos del todo? Esto podría ser una razón para deprimirnos, pero también podría ser motivo de una gran alegría, pues implica que hay tanto más que podemos aprender y que el mundo es mucho más maravilloso e insondable de lo que podemos imaginar.

Como afirmó una vez John Haldane, “según entiendo, el Universo no solo es más extraño de lo que imaginamos, sino más extraño de lo que podemos imaginar”. Recordemos a menudo lo poco que sabemos ya que, después de todo, somos simplemente monos curiosos, y reconocerlo es una buena razón para mantener esa curiosidad abierta y también la humildad de reconocer que probablemente nunca tendremos completa claridad sobre todo lo que existe.

¿Cómo quieres expresar el amor y el juego en tu vida y así nutrir los fundamentos de lo humano?

Humberto Maturana y el Dalai Lama

 


Referencias

Fromm, Erich. 2010. The sane society. New York: Taylor & Francis Ltd.

Maturana, Humberto R., and Gerda Verden-Zöller. 2003. Amor y juego: fundamentos olvidados de lo humano, desde el patriarcado a la democracia. [Santiago, Chile]: J.C. Sáez.

O’Donohue, John. 2010. Anam cara: el libro de la sabiduría celta. Málaga, España: Editorial Sirio.