“El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor” – Buda.

El amor es una cualidad básica del corazón que emerge de nuestra capacidad de apreciar —es decir, notar aquello que es precioso—, de conectarnos con quienes amamos y de desear, de corazón, que sean felices. Usualmente pensamos en el amor como algo que se dirige principalmente hacia los otros, sin embargo es posible e incluso indispensable ofrecerse ese aprecio, conexión y deseo de felicidad a uno mismo para poder ofrecerlo a los demás de manera sustentable y auténtica. El amor no solamente nos hace alegrarnos de la felicidad de los seres (incluidos nosotros mismos) sino que también nos moviliza a ayudar a generar las condiciones para que esa felicidad aparezca donde no existe y para que se expanda donde ya esté.

Tal como es posible e importante aprender a relacionarnos con emociones difíciles como la rabia, el miedo o el resentimiento con plena conciencia, es igualmente importante nutrir las emociones que tienen el poder de sanarnos, como el amor, la compasión, la alegría y la gratitud. Ciertamente no es posible forzarnos a amar o a perdonar, así como no sería posible forzar a una planta a que crezca, pero sí es posible invitar y cultivar estas actitudes en nuestra mente y corazón, generando la condiciones para que emerjan y se vuelvan parte de nuestro paisaje interior. Este cultivo no consiste en fabricar algo nuevo, sino que se asemeja más bien al gesto de recordar algo que ya conocemos y de desbloquear algo que ya está. De hecho, muchas tradiciones contemplativas y también la psicología evolutiva coinciden en que la bondad y el amor son parte de nuestra naturaleza humana fundamental. Practicar el amor y la amabilidad involucra atravesar lentamente las capas de sequedad y desamor que acumulamos por miedo, dolor o costumbre, para entrar en contacto con el manantial de cuidado que tenemos todos en nuestro centro.

El cuerpo y la mente humana están diseñados para que su potencial florezca a través del amor.  El cuidado, el amor y la amabilidad activan zonas del cerebro relacionadas a la calma y a una sensación de bienestar, y cuando esto pasa nos sentimos seguros, contentos y abiertos a nuevas experiencias. Aunque este sistema se estimula desde antes de nacer, se sigue activando a lo largo de la vida cuando pasamos tiempo con personas con quienes nos sentimos emocionalmente conectados, en sintonía y seguros. Cuando damos y recibimos cariño, nuestro cuerpo genera oxitocina, la neuro-hormona del apego y la conexión, generando sentimientos de confianza, afiliación y conexión, y a la vez reduciendo la hipersensibilidad de los circuitos neuronales del miedo y el estrés. Por eso, el amor no es solamente crucial para mantenernos sanos, sino también para recuperarnos física y psicológicamente de experiencias difíciles.

Uno de los pocos elementos que pueden predecir el éxito en una psicoterapia es la capacidad del terapeuta de ofrecer a su paciente lo que el famoso terapeuta Carl Rogers llamó una “consideración positiva incondicional”, una cualidad relacional caracterizada por una profunda empatía y aceptación del otro tal como es. Como quizás has notado en tu propia experiencia con la meditación, es posible ofrecernos este tipo de presencia  a nosotros mismos. De hecho, la práctica de mindfulness también activa las zonas del cerebro relacionadas con la calma y la seguridad. Cuando nos sentamos a meditar, practicamos ser nuestros propios amigos, ofreciendo una presencia positiva, no enjuiciadora e incondicional a nuestras experiencias internas. La práctica de mindfulness es una invitación a re-establecer nuestra amistad y nuestra amabilidad con nosotros mismos.

En la práctica

En general, el amor surge al notar las cualidades valorables en nosotros mismos y en los demás. Sin embargo, la capacidad de ver aquello que es positivo y hermoso y ver el gran potencial en uno mismo y en los demás no es fija, sino que al contrario, es una capacidad ampliamente entrenable. Ya en su madurez, el poeta austríaco Rainer M. Rilke escribió al joven poeta Franz Xavier Kappus en sus famosas Cartas a un joven poeta: “Si tu vida cotidiana te parece pobre, no la culpes a ella, cúlpate a ti mismo, admite que no eres lo bastante poeta para invocar las riquezas del día a día; ya que para el creador no existe la pobreza, ni lugar pobre o insignificante”.

Por supuesto, el punto de Rilke no era que Kappus debía sumirse en la culpa de ser mal poeta, sino precisamente estimular su capacidad creadora y despertar el “buen ojo” que es capaz de descubrir belleza en lo más insospechado: en lo cotidiano. Como todos somos creadores activos de nuestra propia experiencia, todos podemos beneficiarnos del consejo de Rilke y ejercitar el ojo poético en nuestra relación con nosotros mismo y con los demás. Acá compartimos dos experimentos que puedes realizar esta semana para entrenar esta mirada.

Te invito  a cultivar la atención a la bondad y la belleza en tu vida, especialmente cuando aparece en medio de lo más rutinario y conocido, pero también cuando aparece en lugares o personas que usualmente etiquetarías rápidamente como feas o poco interesantes.  Busca cosas o eventos que pueden ser una fuente de apreciación y gratitud en tu día a día. El elemento principal en esta práctica consiste en ofrecer a los demás la mirada con la cual te gustaría ser visto.

Un segundo experimento consiste en practicar la amabilidad in situ: cada vez que te encuentres con alguien, intenta enviarles silenciosamente un deseo positivo. Por ejemplo, si te encuentras con un amigo, puedes repetir mentalmente: “Que seas feliz, que tengas paz y alegría en tu vida”. Intenta hacer esto no solamente con seres queridos, sino también con personas neutras. Por ejemplo, puedes estar en la fila de un banco y enviar tu intención amorosa al cajero o al guardia: “Que seas feliz, que tengas paz y alegría, que puedas florecer plenamente en tu humanidad, que puedas dar y recibir todo el amor que necesitas”. No hace falta que vayas a abrazar al guardia, ya que alguien puede llamar a la policía. Simplemente genera esa intención y ve qué sientes al hacer esto. Si realizas esta práctica, observa si hay algún cambio en tus interacciones con los demás.