Cuando nuestra realidad se derrumba naturalmente emerge el miedo, pues nuestro cerebro está condicionado genética y culturalmente para ello.  Sin embargo, al quedarnos estancados en la psicología y la fisiología del miedo, perdemos de vista que el derrumbe de una certeza también crea un espacio fértil para que algo nuevo emerja.

Sendero de Guadalix de la Sierra. Las amapolas florecen sin esperar a que las aplaudan.

En la tradición budista existe la figura mítica del bodhisattva. Los bodhisattvas son arquetipos que encarnan diversos potenciales de la mente humana y, como figuras míticas y fuentes simbólicas de inspiración, los bodhisattvas se caracterizan por cultivar la motivación más altruista concebible: “aliviar el sufrimiento de todos los seres”. Si pensamos en que los seres son innmumerables (y los sufrimientos de cada uno no son pocos, partiendo simplemente por la enfermedad, la vejez y a muerte personal y de todos los que amamos), vemos que el voto del bodhisattva es, por así decirlo, una “Misión Imposible”.

¿Cómo vivir sabiendo que el mundo no tiene arreglo y aun así sostener en uno mismo el corazón abierto y la mejor motivación de servir? En el budismo zen se recitan los cuatros votos del bodhisattva: Uno de ellos dice “los seres son innumerables; me comprometo a liberarlos a todos”. Naturalmente, esta es una paradoja, un imposible que insinúa una cuarta alternativa a nuestra reactividad habitual frente a lo que es difícil. Nuestra mentalidad habitual frente al sufrimiento consiste en arreglarlo (aunque muchas veces no hay arreglo), quemarnos (en el intento de arreglarlo) o desconectarnos a través de la evasión o de nuestra adicción particular (cada uno tiene las suyas).

La paradoja y la práctica en el centro de la mente/corazón del bodhisattva consiste en mantener el corazón abierto en un mundo que no tiene arreglo. La práctica psicológica y espiritual de traer compasión a nuestro mundo consiste en tener claridad sobre los hechos dolorosos a nivel personal, relacional, social y global, y practicar transformar el hábito de cerrarnos, paralizarnos y polarizarnos. La práctica consiste en mantenerse abierto y disponible cuando el hábito de toda la vida es contraerse defensivamente. A menudo, frente a las malas noticias familiares, económicas, políticas, globales, nuestro sistema entra en la fisiología de la amenaza y aparecen dos tendencias defensivas: o bien nos queremos quedar acostados en cama y taparnos hasta cabeza con un montón de frazadas; o bien queremos agarrar un garrote y salir a golpear a quienes representan todo lo que anda mal. Pero hay un “camino medio” entre la parálisis y la agresión que consiste en cultivar gradualmente la capacidad de estar con aquello que se derrumba y ver cómo podemos aportar y lidiar con ello de una manera que al menos no añada sufrimiento al sistema y que quizá incluso pueda ser un aporte.

El Cáliz, La Pedriza. Estabilidad y espaciosidad son cualidades de la mente del bodhisattva.

El ideal del bodhisattva tiene al menos un par de miles de años, pero creo que es un ideal importante justo hoy cuando sentimos la tremenda volatilidad del mundo a nivel ecológico, económico, social y político. Quizá no haya que ir muy lejos tampoco: todos podemos reconocer en nuestra pequeñita vida como existe una fragilidad, un “temblor del suelo” que está bajo nuestros pies. Por eso quizá necesitamos más bodhisattvas modernos y herramientas para entrenarnos en la actitud altruista de amar todo lo que podamos y de las maneras más amplias en un mundo incierto.

Siendo un poco más concretos, nos podemos preguntar ¿a qué nos referimos cuando decimos “aliviar el sufrimiento”? Una distinción interesante que ofrece la psicología budista es la de los tres niveles de sufrimiento.

Primero, existe un nivel externo de sufrimiento, que consiste en no tener las necesidades básicas satisfechas, la enfermedad, el estar expuesto a la violencia de cualquier tipo, el no tener cobijo. Este es el nivel más concreto y autoevidente, un sufrimiento fundante que debemos atender como personas y también estructuralmente, como sociedad. Mientras las personas (y los animales) no se sienten básicamente seguros, sus sistemas nerviosos estarán en amenaza, lo cual no solo les afecta a ellos sino a todos, ya que un sistema crónicamente amenazado en su supervivencia naturalmente puede responder defensiva y agresivamente.

Segundo, el sufrimiento interno, que es un sufrimiento menos obvio que el anterior, pero no necesariamente menos doloroso. Consiste en la sensación básica de no ser querido, de sentirnos aislados y que no le importamos a nadie. Esto usualmente va acompañado de la sensación de que hay algo fundamentalmente malo o dañado en uno mismo. El sufrimiento interno genera emociones difíciles y a largo plazo dañinas para el propio cuerpo-mente, como el miedo, la ira, la vergüenza, la culpa. El aislamiento social se ha convertido en una epidemia en los países desarrollados (EE.UU. a la cabeza) y tiene un efecto similar al tabaquismo en cuanto a la disminución de la expectativa de vida.

Tercero, el nivel raíz, que consiste en la creencia y la sensación de que estamos esencialmente separados unos de otros, de que podemos vivir y sostenernos por nosotros mismos porque creemos en un yo unitario, continuo e independiente. Desde la visión de la psicología budista, este aferramiento a un yo separado, al cual tengo que proteger a toda costa, es fuente de gran sufrimiento personal e interpersonal ya que, desde esta creencia, no nos damos cuenta de que lo que hacemos a un otro nos lo hacemos a nosotros mismos. Simplemente no es posible amar sinceramente sin beneficiarnos nosotros mismos de esa apertura del corazón, ni es posible odiar sin que suframos de la contracción física y mental que el odio trae consigo. No sólo la psicología budista, sino también la psicología y la neurociencia no han podido encontrar evidencia de la existencia de un yo singular, permanente y autónomo.

Simplemente no es posible amar sinceramente sin beneficiarnos nosotros mismos de esa apertura del corazón, ni es posible odiar sin que suframos de la contracción física y mental que el odio trae consigo. No sólo la psicología budista, sino tampoco la psicología y la neurociencia han encontrado evidencia de la existencia de un yo singular, permanente y autónomo.

Así que cuando hablamos de la posibilidad de entrenar nuestro sistema nervioso para encarnar lo que podría ser un “bodhisattva moderno”, podemos pensar en pequeñas formas de actuar en estos tres niveles: ¿Cómo puedo ayudarme a mí mismo y a los demás a aliviar el sufrimiento externo, interno y raíz?

A nivel externo, el físico, ¿cómo puedo aportar a que las personas (incluido yo mismo) podamos sentirnos básicamente seguros, respetados, nutridos? ¿Cómo puedo transformar poco a poco mi manera de vivir de manera que mi satisfacción no dependa de la explotación de otros seres que, tal como yo, desean ser felices y estar libres de sufrimiento? ¿Cómo puedo organizar mis relaciones con el planeta y con los demás de manera de que mis gestos, desde los más burdos a los más sutiles, reflejen un respeto a la vida y a la dignidad de los seres vivos?

A nivel interno, el emocional, ¿cómo puedo ayudar a que otras personas sientan que importan? ¿Cómo puedo transmitir, sobre todo a través de pequeños gestos cotidianos, a otra persona u otro animal, que su vida es importante, que no es un simple objeto a mi disposición, que no hay nada fundamentalmente quebrado o malo en él o ella? ¿Cómo puedo humanizar mi mirada un poco cada día, incluso cuando me miro a mí mismo con ojos de déficit y decepción? En este punto no debemos subestimar el valor de lo pequeño y lo sutil: nuestra expresión facial transmite tomos de significado en un instante; nuestras palabras, como dice una canción de Silvio, pueden dar vida o dar muerte al amor. Incluso antes de evaluar el impacto de todo esto en los demás, considera simplemente cómo sería tu estado mental si en vez de estar secuestrado por los dramas de la esquiva satisfacción auto-centrada estuviese volcado a la aspiración de ayudar a otros a sentirse amados y cuidados.

¿cómo sería tu estado mental si en vez de estar secuestrado por los dramas de la esquiva satisfacción auto-centrada estuviese volcado a la aspiración de ayudar a otros a sentirse amados y cuidados?

A nivel raíz, quizá el más espiritual, ¿cómo poder ayudarme a mí mismo y a los demás a suavizar la dureza de un ego contraído? ¿Cómo poder estar más conscientes de que todo lo que vemos “se apoya en todo lo demás”, ya que nada puede existir por sí mismo y todo surge en relación? ¿Cómo estar abiertos a percibir que el yo propio y el de los demás no es unitario sino múltiple, diverso, cambiante, inabarcable? ¿Cómo ir soltando poco a poco la tendencia a encasillar y encasillarnos en guiones reificados de identidades limitantes? A esa apertura en la percepción del mundo fenoménico se le llama la sabiduría experiencial del vacío, shunyata. Shunyata no quiere decir carencia de algo, sino que es la noción de que todo emerge  relacionalmente, momento a momento, desde la infinita creatividad del momento presente. Todos aparecemos, momento a momento, a partir de causas y condiciones contingentes. Como dice una querida mentora, Elizabeth Matiis Namgyel, “somos ciudadanos de la gran naturaleza de la contingencia infinita”.

Mi conciencia de que somos contingentes y que nuestra existencia se apoya en todo lo demás para existir, tiene para mí dos efectos principales. Primero, puedo darme cuenta de que mi bienestar depende del bienestar de los demás. En ese sentido, no hay distancia entre egoísmo y altruismo cuando hago un esfuerzo noble por otro: yo soy el primer beneficiado de actuar de manera alineada con el amor que existe en mi centro.

Segundo, si todo se apoya en todo lo demás, mis pensamientos, palabras y acciones tienen un impacto, incluso cuando no me doy cuenta de ello. Cada gesto de tu mente, tu habla y tu cuerpo, produce “efectos de onda” que realmente no sabemos dónde pueden llegar. Y, a menudo, pequeños gestos tienen grandes impactos. Esto es cierto para los gestos que generan sufrimiento y para los gestos que generan alivio del sufrimiento y felicidad. Esta conciencia trae una gran responsabilidad, pero también trae la alegría de sentirte parte de la gran familia de los seres, en la cual eres bienvenido. En realidad siempre fuiste bienvenido, solo faltaba el darse cuenta de ello para volvernos parte activa y responsable de este juego vital. La palabra “responsable” puede sonar seria y seca, pero básicamente me refiero a la posibilidad de asumir la responsabilidad y la libertad de manifestar el amor en tu propia versión única e inimitable. Esa responsabilidad es intransferible y está conectada al gozo de estar alineado con la vida.

Cada gesto de tu mente, tu habla y tu cuerpo, produce “efectos de onda” que realmente no sabemos dónde pueden llegar. Y, a menudo, pequeños gestos tienen grandes impactos. Esto es cierto para los gestos que generan sufrimiento y para los gestos que generan alivio del sufrimiento y felicidad. Esta conciencia trae una gran responsabilidad, pero también trae la alegría de sentirte parte de la gran familia de los seres, en la cual eres bienvenido.

Creo que en eso consiste usar la vida para entrenase como bodhisattva moderno. Todo esto puede sonar un poco grandilocuente y fuera de “la realidad”. Sin embargo, observa cómo es realmente posible hacer pequeños cambios en la vida. Los cambios suelen ser graduales y casi invisibles al corto plazo, pero de repente ves a una persona que no has visto en algunos años y los cambios son muy claros. Quizá al menos la persona ya no se queje de las mismas cosas… eso ya es algo si tomamos en cuenta de que hay personas que se quejan de las mismas cosas por décadas.

Pema Chödrön, maestra budista, a sus 83 años.

Finalmente, les comparto un par de sugerencias que tuve la suerte de recibir de Pema Chödron en retiro la semana pasada, para cultivar poco a poco la mentalidad del bodhisattva, aquél o aquella que puede permanecer abierto y constructivo frente a un mundo en llamas:

  • Focalízate en realizar cambios pequeños: no más de uno o dos al mes. No es útil sobrecargar la función ejecutiva del cerebro tratando de implementar una diversidad de cambios significativos en poco tiempo. Esto lleva a la frustración y a la pérdida de confianza.
  • Medita a diario: es importante tener espacios de auto-reflexión cada día para darte cuenta de lo que no te estás dando cuenta cuando tus patrones habituales sufrientes están activos.
  • Cuando te des cuenta de que estás cayendo en un hábito que causa sufrimiento en ti o en otros, puedes observarlo e incluso arrepentirte, puedes decir “esta acción no refleja realmente la persona que quiero ser en esta vida” pero, al mismo tiempo, mantén la conciencia de que no hay nada fundamentalmente malo en ti. De hecho, confía en que hay algo fundamentalmente bueno en ti. Si no hubiese algo bueno, no tendrías esta motivación de ayudarte y ayudar a los demás. Ladrarnos críticamente como un perro furioso porque hemos hecho algo mal solo nos hunde en la vergüenza y la autocrítica que nos demoran y nos desmoronan.
  • Es importante darse cuenta honesta y amablemente de dónde uno se encuentra en este momento. De esta manera podemos mantener la aspiración de abrir el corazón, pero ser pacientes con el lugar hasta donde tu sistema nervioso puede sostener la situación hoy. Es parte del camino del bodhisattva abrir la puerta a todos los seres como nuestros invitados, pero es importante abrir esa puerta gradualmente de manera de no sobrepasar los límites actuales de nuestro sistema nervioso.

De esta manera, poco a poco, vamos acrecentando nuestra capacidad de vivir sin tener nada a qué aferrarnos…  permaneciendo abiertos a todo lo que la vida trae, pero siendo muy amables en el incremento gradual de esta confianza en el vacío generativo fundamental de esta vida.