Quien es auténtico asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que es – Jean Paul Sartre.

La práctica de mindfulness consiste en abrirnos y estar disponibles a la experiencia presente, y esta apertura se relaciona de manera importante con nuestra capacidad de desarrollar una conexión auténtica con nosotros mismos y con los demás. La traducción que Francisco Varela dio al término mindfulness: «presencia plena/conciencia abierta», nos ofrece algunas luces sobre lo que implica llevar esta práctica más allá del cojín de meditación, hacia el ámbito tan delicado y cotidiano de la relación con uno mismo y con los demás. Mientras que el aspecto de la conciencia abierta enfatiza el cultivo de una mente espaciosa, curiosa, atenta y sincronizada con el cuerpo, el aspecto de la presencia plena se relaciona con la capacidad de estar de manera completa e íntegra en este mismo momento, ya sea estando solos o acompañados.

La calidad de las relaciones que tenemos con los demás, sobre todo con quienes uno siente más cercanos, es un reflejo de la calidad de la relación que uno tiene con uno mismo, y viceversa; el tipo de relación que cada uno sostenga con sí mismo y con la propia experiencia influye directamente en cómo nos relacionamos con los demás. Si me relaciono con mi propia experiencia desde una cierta amabilidad, comprensión, paciencia y humor, es muy probable que este modo de ser se irradie hacia la relación con los demás y que sea capaz de tratar a mis cercanos también con amabilidad y humor. Si, en cambio, el «crítico interno» que existe en mi mente es insistente y cruel en su evaluación de mis experiencias, juzgándolas como aceptables o inaceptables, es bastante probable que proyecte ese tono de evaluación y juicio en mi relación con los demás. He aquí la sabiduría de «la regla de oro» (tratar a los demás como deseas ser tratado) que está presente en la mayoría de las tradiciones del mundo: tratar a los otros con amor es un tipo de altruismo que en realidad trae felicidad al que lo practica, pues lo que sucede afuera es un espejo de lo que sucede adentro.

Congruentemente, la autenticidad que cultivamos en nuestra relación con los demás refleja y nutre la autenticidad que manifestamos con nosotros mismos. A menudo nos podemos sumir en roles y estereotipos de quienes somos, perdiendo contacto con la chispa espontánea de nuestra verdadera presencia, nuestros verdaderos valores, intereses y maneras de sentir la existencia. Cuando esto pasa, nuestras relaciones se convierten en intercambios semipersonales entre máscaras que se sostienen por comodidad, miedo o simplemente por hábito. Como esto no es algo que suceda de un día para otro, la inautenticidad puede ser un fantasma sigiloso que se cuela en nuestras relaciones, poco a poco. Por ejemplo, puedes comenzar a reprimir la expresión de tus sentimientos o pensamientos a tu pareja por temor a no ser comprendido o a ser juzgado, y ese silencio comienza a volverse hábito al punto de que tu propia verdad deja de ser visible hasta para ti mismo. Tal vez se establezcan rutinas de actividades distractoras (usualmente ligadas a algún tipo de consumo, como la comida, la televisión, el shopping u otros) que hagan aun más difícil ver la autenticidad perdida. Pasado un tiempo, esa falta de autenticidad, ese negar lo que uno es realmente ante otra persona, puede crear una distancia y un desconocimiento hacia uno mismo.

Como nuestras sociedades, obsesionadas con la imagen, no enfatizan la autenticidad como valor, pueden pasar años antes de que uno se dé cuenta que ha estado viviendo con poca autenticidad, y es usualmente frente al severo llamado de atención de la muerte (la propia muerte que se intuye cercana o la de un ser querido) cuando surge la pregunta fundamental: ¿estoy realmente viviendo mi propia vida o estoy atrapado en pequeñas farsas cotidianas por miedo, conveniencia o costumbre?

Una práctica para cultivar la autenticidad

Esta semana te invitamos a poner atención a un nivel sutil de tu experiencia. Observa tu sensación de congruencia o incongruencia interna cuando estás con diferentes personas en diferentes contextos. ¿Qué relaciones y qué situaciones te facilitan ser completamente tú mismo? ¿Qué relaciones y qué situaciones favorecen el que uses una máscara y dejes de escuchar la voz interior que expresa tu verdad? Trayendo a tu experiencia la cualidad abierta y ecuánime de mindfulness, observa todo esto sin juzgarte, manteniendo una actitud curiosa, ya que realmente este es un aspecto fascinante de nuestra experiencia humana. En este mismo espíritu de curiosidad puedes preguntarte: ¿cuánto tiempo de mi día y de mi semana siento que soy plenamente yo y cuánto tiempo siento que tengo que aparentar ser algo distinto a lo que soy? ¿Qué es lo que me mantiene ligado a estas situaciones en las que no me siento auténtico? ¿Cómo puedo aumentar el tiempo y las situaciones donde puedo ser auténtico y disminuir las que me obligan a encarnar un personaje?

Deja también algún tiempo para la soledad y la meditación. Si no nos damos el tiempo de estar solos, se hace más fácil perdernos en las actividades y las relaciones con otros, y si estamos constantemente en comunicación, hay poco espacio y silencio para poder escuchar lo que surge desde tu interior. En esta soledad observa cómo te relacionas contigo mismo y, aunque pueda sonar un poco abstracto, pregúntate e investiga si te sientes realmente acompañado por ti mismo en tu soledad. ¿Sientes que es posible ofrecerte una amistad más cercana e íntima a ti mismo? ¿Puedes explorar con tranquilidad y sin juzgarte tus deseos, necesidades y verdades más profundas? Si notas que es común en tu experiencia tratarte con dureza, como alguien que debe cumplir ciertas expectativas impuestas desde fuera, considera que probablemente has aprendido este modo de funcionar por una buena razón y que quizás te ha ayudado mucho en tu vida, aunque tal vez ahora valga la pena reconsiderar los supuestos de base de esta forma y quizás este modo de funcionar ahora puede ser un obstáculo para vivir plenamente.

Por último, nota la relación que hay entre cultivar la autenticidad en tu vida y tu nivel de energía (tu ánimo, tus ganas de vivir y tu creatividad). Generalmente, gastamos mucha energía cuando pretendemos ser lo que no somos y, al volvernos más auténticos, recuperamos energía que estaba perdida y nuevas posibilidades se abren naturalmente. Disfruta de esta energía que surge y úsala en parte para crear espacios amables y sinceros donde otros también puedan explorar la posibilidad de ser más auténticos. Esto suena como un gran proyecto, pero en realidad basta con comenzar a introducir pequeñas semillas de autenticidad en nuestra casa, en el trabajo, en la escuela y en nuestras relaciones; sin duda, la libertad y el relajo que surgen empezarán a propagarse en un círculo virtuoso.

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Arte de Florian Nicolle.