La esperanza no es un pronóstico. Es una orientación del espíritu, una orientación del corazón; trasciende el mundo que es inmediatamente experimentado, y se ancla en algo que está más allá de sus horizontes. -Václav Havel

Hay días en que resulta difícil abrir los ojos y mirar de frente al mundo, ocasiones en las que la esperanza básica que sostiene el corazón en el día a día decae incluso en los más optimistas. A veces, simplemente tomar conciencia de las crisis globales que enfrentamos (desde el calentamiento global a las crisis migratorias, desde la emergencia de líderes con mentes psicopáticas hasta el hambre y explotación que acecha a millones de niños, desde la deforestación y desaparición de miles de especies animales al año a la desigualdad económica sin precedentes a nivel global) puede hacernos empatizar profundamente con Mafalda cuando pide que paren el mundo porque se quiere bajar.

En esta entrada quiero resonar, acompañar y abrir mi corazón a quienes, tal como yo, a veces sienten ese cansancio del espíritu que llamaré aquí desesperanza, y explorar a través de esta reflexión la posibilidad de conectar con una esperanza nacida desde la misma oscuridad a partir del coraje de observarla de frente y de trabajar con y a través de ella en vez de huir demasiado pronto de la incomodidad que nos provoca. También me gustaría apuntar al trabajo del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado y su mujer Lélia y hacer una lectura de su experiencia como un ejemplo encarnado de quien ha mirado el sufrimiento y la desesperanza de frente y se ha podido reconectar con un sentido de esperanza a través de algunas vías que podemos explorar también en nuestra propia vida. Estas vías son: 1. Atender nuestras propias necesidades fundamentales; 2. Conectar con la inspiración disponible en uno mismo  en los demás; 3. Nutrir nuestro sentido de comunidad y pertenencia; y 4. Conectar nuestras acciones cotidianas con nuestra visión para el mundo y con nuestros valores fundamentales. Como todo lo que escribo y lo que comparto en los grupos con los que trabajo, pongo estas ideas en palabras no porque sea experto en este tema (no lo soy), sino porque escribirlo me ayuda a comprender mejor y quizá aprender algo útil del proceso. Si a ti también te resulta de utilidad, la alegría es doble.

Mafalda en crisis de desesperanza. Viñetas de Quino.

La desesperanza puede surgir de muchas fuentes, desde el simple cansancio hasta el desgaste por empatía al estar expuestos al dolor de forma cotidiana. La desesperanza es una especie de burnout existencial, con expresiones análogas al burnout profesional: agotamiento emocional, despersonalización y baja satisfacción en lo que hacemos. Cuando estamos desesperanzados, a nivel personal sentimos que no podemos dar más de nosotros mismos (agotamiento),  a nivel social nos comienza a invadir un cierto cinismo defensivo desde el cual nos desconectamos de los otros y perdemos interés en su subjetividad y en su destino (despersonalización), y a nivel existencial tenemos la sensación de que nuestras acciones en el mundo carecen de sentido y que no tienen ninguna relevancia o impacto (quizá podamos llamarlo baja satisfacción existencial).

Por duras que puedan ser las realidades externas que enfrentamos, siempre hay un elemento personal en el desierto interior de la desesperanza. La desesperanza nunca es solo la evaluación sobre el estado del mundo, por deprimente que pueda ser, sino que también surge de nuestras expectativas y nuestra manera de comprender los problemas y nuestro lugar frente a ellos. En este punto resueno con la voz de Václav Havel años antes de ser presidente de la república Checa, quien fue capaz de encontrar esperanza mientras estaba en prisión por defender a los derechos humanos en una Checoslovaquia que aun era un satélite soviético. A mediados de los 80s, Hável escribía:

El tipo de esperanza en que a menudo pienso (especialmente en situaciones que son especialmente desesperanzadoras, como estar en prisión) la entiendo sobre todo como un estado mental, no como un estado del mundo. O bien tenemos esperanza dentro de nosotros o no la tenemos; es una dimensión del alma que no depende de una observación particular del mundo o de una evaluación de la situación. La esperanza no es un pronóstico. Es una orientación del espíritu, una orientación del corazón; trasciende el mundo que es inmediatamente experimentado, y se ancla en algo que está más allá de sus horizontes. La esperanza, en este sentido profundo y poderoso, no es lo mismo que la alegría de cuando las cosas van bien o la intención de invertir en proyectos que claramente van encaminados hacia un éxito temprano, sino más bien la habilidad de trabajar por algo porque es bueno, y no solo porque tiene probabilidades de éxito.

La esperanza, desde esta perspectiva, no sería entonces un estado psicológico en respuesta a la expectativa de que las cosas van a salir bien. El tipo de esperanza a la cual me quiero referir es una esperanza enactiva que emerge a través de nuestras acciones y actitudes cotidianas y de una manera particular de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás. Como lo expresa Rebecca Solnit en su libro Hope in the Dark (1), la esperanza es “una cuestión de principios y una manera de vivir, de hacer de ti mismo una pequeña república inconquistada del espíritu. Mantienes una esperanza en los resultados, pero no dependes de ellos”.

El aprender a actuar sin depender de los resultados trae consigo el regalo de la libertad. Esa falta de apego a un resultado, como aclara Solnit, no es una carencia de deseo o intención que dirija la acción (tal como la actitud de no-juicio, a menudo mal entendida en el mundo de mindfulness, no significa que nos volvamos sujetos sin preferencias). Al contrario, el mundo necesita de nuestra pasión, idealmente una que tome la forma de la compasión. El gesto interno de soltar el apego al resultado es más bien el espacio que permite que el deseo se manifieste con el poder de trascender el miedo al fracaso. La esperanza surge cuando conectamos nuestra propia vida con lo que uno comprende como verdadero y valioso, y desde esa conexión con el propio corazón surge una fortaleza que permite enfrentar las mayores dificultades.

El gesto interno de soltar el apego al resultado es más bien el espacio que permite que el deseo se manifieste con el poder de trascender el miedo al fracaso. La esperanza surge cuando conectamos nuestra propia vida con lo que uno comprende como verdadero y valioso, y desde esa conexión con el propio corazón surge una fortaleza que permite enfrentar las mayores dificultades.

Pienso en Mandela encarcelado por 27 años bajo el cargo de conspiración contra el gobierno de Sudáfrica, confinado en una celda mínima y con un permiso de una visita de 30 minutos por año. Pienso en Aung San Suu Kyi pasando 15 años de arresto domiciliario por su intención y determinación de construir la democracia en una Burma dominada por una dictadura militar brutal. Pienso en el Dalai Lama, exiliado de su país desde que Mao Tse-Tung anexa Tíbet a China e inicia la destrucción sistemática de la cultura, la lengua tibetana y miles de monasterios, además de la explotación de la naturaleza y la matanza de cientos de miles de tibetanos. Pienso en Edward Snowden viviendo aun en asilo político, perdiendo su libertad por proteger la de los demás al denunciar el perverso estado de vigilancia de Estados Unidos a sus ciudadanos. Al igual que Hável en prisión, qué pocas fuentes externas de esperanza deben haber tenido estas personas en la oscuridad de la situación que enfrentaban o que aun enfrentan.  En ellos y en tantos otros héroes de la historia reciente vemos ejemplos de quienes en tiempos de oscuridad no han perdido del todo su esperanza pese a que su lucha no diese fruto inmediato y pese a que sus circunstancias vitales fuesen del todo desoladoras.

¿Qué ayudó a estos seres notables y qué puede ayudarnos a nutrir la esperanza en tiempos de oscuridad?

Una respuesta posible proviene de la observación del trabajo y trayectoria vital del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado.  Durante décadas, Salgado recorrió más de 100 países fotografiando con una mirada honesta y sin concesiones la vida y las circunstancias de los desheredados del planeta: los trabajadores de las minas de oro en Brasil, los niños refugiados y migrantes de las Américas, Europa y África, las víctimas del genocidio en Ruanda, los campos de refugiados en Bosnia… Donde había peligro y sufrimiento, ahí iba Salgado con su cámara, y en su esfuerzo de retratar las vidas que se encuentran al borde de lo humano se puede percibir la compasión en el centro creativo de su trabajo, abriendo su conciencia y la de su público al sufrimiento radical, unido a la motivación de inspirar un cambio positivo a través de su arte.

Un campo de refugiados en Benako, Tanzania repleto de refugiados ruandeses en 1994. En medio de la desolación y la desesperanza, el rostro brillante de un niño que mira a su madre con absoluta confianza. (Sebastião Salgado/ Amazonas Images)

El nivel de sufrimiento infligido por el propio ser humano en otros seres humanos, captado sin filtros por el corazón y el lente de Salgado dejó una marca penetrante en su alma y una visión desoladora sobre la naturaleza humana. Dice Salgado en el documental La Sal de la Tierra (2):  “Somos un animal feroz, un animal terrible nosotros los humanos. Sea en Europa, en África, en Latinoamérica, donde sea. Nuestra violencia es extrema. Nuestra historia es una historia de guerras. Es una historia sin fin, una historia de locos”. Tras su último viaje a al Congo y Ruanda, donde presenció y documentó el genocidio de decenas de miles de personas, Salgado cayó en un pozo de desesperanza: “No creía en nada. No creía en la salvación de la especie humana. No merecíamos vivir más… ¿Cuántas veces tiré al suelo la cámara para llorar por lo que veía?”

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Sebastião Salgado: “¿Cuántas veces tiré al suelo la cámara para llorar por lo que veía?” – Fotograma de La Sal de la Tierra, documental de Wim Wenders.

El deterioro en la salud del abuelo de Sebastião Salgado le hizo volver a su granja en Minas Gerais, donde él había vivido de niño. Pero en la granja de su infancia el bosque había desaparecido completamente, y con él los animales y los arroyos. Ahora era una tierra completamente empobrecida y seca. Su mujer, Lélia, tuvo una idea que bordeaba el absurdo: “¿Por qué no replantamos el bosque que había aquí antes?”

La idea podía sonar como una locura pues nadie había intentado replantar la mata atlántica, el tipo de bosque nativo de esa área de Brasil. Pero durante los siguientes 10 años un milagro ocurrió en esas 600 hectáreas. Con ayuda de otras personas, y enfrentando las dificultades y frustraciones de lidiar con una tierra completamente erosionada, fueron replantando la finca y reintroduciendo más de 150 especies nativas de la mata atlántica. El trabajo fue difícil: el primer y segundo año perdieron el 60% y el 40% de las plantaciones, respectivamente. Sin embargo, al momento de publicar el documental La Sal de la Tierra, Lélia, Sebastião y el equipo del ahora llamado “Instituto Terra” habían replantado 2.5 millones de árboles. En estas imágenes se observa la transformación de la finca:

En paralelo al proceso de reforestación del Instituto Terra, el cual fue cedido por los Salgado como parque nacional y centro demostrativo para la reforestación, Salgado desarrolló un trabajo fotográfico completamente distinto al que había estado realizando previamente. Tenía la intención de sensibilizar a la población sobre la fragilidad de la naturaleza frente al daño provocado por el hombre y, debido a su trabajo previo, su primer impulso al realizar este proyecto fue el de denunciar la explotación de la tierra en sus diversas formas. Sin embargo, después de reflexionarlo, comprendió que lo que realmente cumpliría su objetivo era mostrar la belleza de la naturaleza en los lugares del planeta que aun existe en su estado prístino y los grupos humanos que han vivido en armonía con la tierra desde hace miles de años. El fruto de ese trabajo es el libro y la exposición Génesis (3), que el mismo Salgado ha llamado su “carta de amor al planeta”.

El notable documental de Win Wenders sobre la vida y obra de Sebastião Salgado, La Sal de la Tierra, concluye con estas palabras: “El hombre cuyas fotos nos han contado un millón de historias de la vida en este planeta ahora comparte una gran historia y sueño con nosotros: la destrucción de la naturaleza puede ser revertida. Más de mil fuentes de agua están fluyendo nuevamente por el suelo del Instituto Terra”.

En el proceso de recuperación de la esperanza de Sebastião Salgado podemos prestar atención a cuatro aspectos desde los cuales podemos observar nuestra propia vida.

1. Atender nuestras propias necesidades fundamentales. Después de su último viaje a Ruanda y al Congo, con el alma hecha trizas, el fotógrafo se conecta con una necesidad de detenerse. Su agotamiento es total y no puede seguir empujándose más allá de sus límites emocionales. Es probable que haya surgido la necesidad de descansar, de conectar con un sentido de paz y la necesidad de reconectar con su familia y la naturaleza.

Si observamos en nuestra propia experiencia, nos daremos cuenta que muchas veces nos seguimos empujando pese a nuestro agotamiento y desgraciadamente podemos pasar largo tiempo sin prestar atención a las necesidades de nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra mente. A menudo la desesperanza es simplemente cansancio, falta de nutrientes físicos, intelectuales, sociales, emocionales o espirituales. Es necesario, si queremos conectar con una esperanza sostenible, partir por atender nuestras necesidades.

2. Conectar con la inspiración disponible en uno mismo y en los demás. A través de su trabajo de fotografía social y de denuncia, Salgado había desgastado su cuerpo y su mente a través de un exceso de empatía por el dolor de la humanidad en su totalidad. La exposición crónica al sufrimiento y la empatía sostenida por el dolor no solo pueden ahogar la esperanza, sino que también pueden agotar los recursos de un cerebro que por diseño evolutivo ya tiene un sesgo negativo (percibimos más fácilmente lo que anda mal que lo que anda bien). Para nutrir nuestra esperanza y poder generar una compasión sustentable en el tiempo necesitamos conectar con la inspiración que surge al notar y celebrar la belleza y la nobleza disponible en uno mismo y en los demás. Sebastião no solo encontró inspiración en la belleza del proyecto de reforestar la finca de su abuelo, sino que por primera vez orientó el lente de su cámara hacia la belleza del mundo, de los animales, de los árboles y de la gente que vive en armonía ecológica con el planeta. Solo al prestar atención de esta manera se dio cuenta de que, pese a los desastres ambientales, aún tenemos casi la mitad de la faz de la tierra en estado natural y muchas de las zonas que han sido explotadas son recuperables, como lo ha demostrado el Instituto Terra. Una vez que su indispensable trabajo fotográfico basado en la indignación moral frente a la injusticia fue explorado a fondo, Salgado contactó con un sentido de apreciación y de amor al mundo y a la vida en sus múltiples formas. El amor, la admiración, la apreciación y la gratitud nutren la esperanza y la energía vital en los seres humanos, activando en nuestro cuerpo estructuras y funciones asociadas a estas emociones sanadoras que nos hacen disfrutar de lo bello y nos sostienen en tiempos difíciles.

Considera la belleza, la nobleza y el amor que hay dentro y fuera de ti. Conéctate, busca, investiga y nutre tu mente y corazón con las historias de las millones de personas que están haciendo cosas nobles por los demás, por la tierra, por los animales, por la vida. Te invito a sentir devoción por la gente y por las historias de nobleza que no salen en los periódicos. La devoción no es nada especialmente religioso. Es simplemente el ejercicio de hacernos suficientemente humildes como para caer literal o metafóricamente de rodillas frente a la belleza que emerge de algo o de alguien.

La devoción no es nada especialmente religioso. Es simplemente el ejercicio de hacernos suficientemente humildes como para caer literal o metafóricamente de rodillas frente a la belleza que emerge de algo o de alguien.

En estos meses estoy nutriendo mi esperanza del amor y del trabajo de mis amigos de Nirakara, de Miguel llevando la meditación a los albergues para los sin techo, de Gustavo y Nazareth explorando modelos cuánticos para comprender la conciencia y el misterio de cómo nuestros corazones se entrelazan, de Emilio transformando el sistema de salud en Colombia, de Carlos y tantos otros trabajando en un sistema educacional más consciente, de Silvia generando comunidades compasivas, de Gabriel en su cruzada por humanizar los cuidados intensivos, por Enric, Cris, Patxi, Alberto, Jose, Claudio y tantos otros generando nuevos modelos para volver a afiatar el tejido comunitario en torno al proceso del morir en entornos de cuidado, de Pablo, Silvia, Claudio, Anita cuidando con una devoción increíble a sus bebés, de Roberto, Álvaro, Pilo, María Noel, Santi, Fer, generando espacios de conciencia en sus entornos, y un gigante etcétera. Solo comparto los nombres de algunos pocos de mis héroes cotidianos que están esperando que los traiga a mi conciencia para nutrirme de su amor y trabajo. Pero si abrimos los ojos a la realidad de la belleza disponible, las fuentes de inspiración son inagotables. Esa apertura requiere práctica y el gesto de recordarnos unos a otros la importancia de nutrir la inspiración.

3. Nutrir nuestro sentido de comunidad y pertenencia. Salgado reconecta con la tierra de sus ancestros y se siente parte de algo que trasciende su individualidad. En su vejez está en la tierra donde creció y donde vivieron sus padres, y con su trabajo junto a Lélia está restaurando y sanando lo que recibió de su familia. Más aun, al convertir la granja en un parque nacional, conecta un sentido de pertenencia familiar con un sentido de pertenencia nacional y finalmente global: esta tierra es un centro demostrativo donde se enseña cómo reparar el bosque en cualquier parte del mundo. Finalmente, este trabajo no solo lo conecta con una comunidad humana, sino que también al regenerar este bosque el espacio vuelve a poblarse de una comunidad de animales e insectos que pueden tomar refugio en esta tierra y, por tanto, el sentido de comunidad de Sebastião se expande más allá de lo humano hacia una pertenencia comunitaria inter-especie.

Lélia Wanik Salgado y Sebastião Salgado en un vivero de árboles nativos en el Instituto Terra. 2013.

Es imposible sostener la esperanza en aislamiento. Simplemente porque somos seres profundamente relacionales y tenemos un sistema nervioso diseñado principalmente para emitir e interpretar señales sociales, nuestra inspiración y nuestra esperanza se construye relacionalmente. Hasta el aparentemente solitario místico de claustro está en profunda comunión y lo habita un profundo sentido de pertenencia. En un sentido el misticismo es la búsqueda de la pertenencia absoluta. Mandela, en pleno aislamiento, se hizo amigo de su carcelero, un militar blanco pro-apartheid que no pudo evitar ver la bondad de Mandela y quererlo, y a quien acabó nombrándolo como “mi prisionero, mi amigo, mi maestro, mi padre”.

Desde aquí podemos preguntarnos: ¿cómo está nuestro propio sentido de comunidad y pertenencia? ¿Cómo estoy nutriendo y estoy permitiéndome ser nutrido en mis relaciones? ¿Qué podemos hacer para generar comunidades que nutran nuestra esperanza y nutramos la esperanza de otros? Y una pregunta que será relevante para aquellos de nosotros a quienes nos es más fácil dar que recibir: ¿podemos abrirnos a nuestra propia vulnerabilidad y estar dispuestos a inter-depender con otros? Pertenecer y participar de una comunidad requiere abrirnos a necesitar tanto como a ser necesitado, a inspirar tanto como a ser inspirado.

¿Podemos abrirnos a nuestra propia vulnerabilidad y estar dispuestos a inter-depender con otros? Pertenecer y participar de una comunidad requiere abrirnos a necesitar tanto como a ser necesitado, a inspirar tanto como a ser inspirado.

4. Conectar nuestras acciones cotidianas con nuestra visión para el mundo y con nuestros valores fundamentales. Finalmente hay un punto central en cómo entiendo la esperanza a la que me estoy refiriendo: La esperanza no está adentro de la mente ni tampoco está afuera: la esperanza se manifiesta en el mundo relacional que participo en co-crear a través de lo que hago y cómo lo hago. La esperanza no consiste en esperar que algo suceda, sino que surge de lo que hago en mi relación con el mundo y con los demás. Por esto, la esperanza de Sebastião no surge de esperar que el planeta vaya a mejor a nivel ecológico, sino que entrena su mirada, se prepara y desarrolla la nueva habilidad de fotografiar animales y paisajes. Se expone a hacer algo completamente nuevo cuando su prestigio como fotógrafo social ya estaba asegurado. Pone su cuerpo para viajar al corazón del Amazonas para encontrarse y convivir con la tribu Zo’é. Lélia no se sienta a esperar que la tierra de la familia reverdezca: se arremanga la blusa y comienza a plantar árboles.

La esperanza se manifiesta en el mundo relacional que participo en co-crear a través de lo que hago y cómo lo hago. La esperanza no consiste en esperar que algo suceda, sino que surge de lo que hago en mi relación con el mundo y con los demás.

Cuando alineamos nuestras acciones cotidianas con la visión del mundo que queremos ayudar a construir nos conectamos con nuestros valores fundamentales. Los valores no son algo impuesto desde afuera por una religión, sino que son tu respuesta a esta pregunta: ¿Qué es lo que realmente te importa en la vida? Esta una pregunta básica y fundamental, tan básica y sin embargo qué pocas veces nos la hacemos, y la consecuencia de esto es que a menudo nuestras actividades diarias no están conectadas con lo que realmente nos importa en la vida. Para sostener la esperanza, sobre todo en tiempos oscuros, es indispensable encarnar nuestros valores en acciones concretas cotidianas y, de esta manera, nutrir una esperanza basada en la evidencia que genera nuestra acción.


Este post es bastante más largo de lo que suelo escribir para este espacio. Si has llegado leyendo hasta este punto, solo quiero agradecerte por estar ahí. Tu presencia imaginada me acompaña en este diálogo escrito, a las 3:18 am de un domingo. Así de relacionales somos 🙂

Si este post te ha tocado de alguna manera, me encantaría leer tu reacción y tus ideas al respecto en el espacio para los comentarios.


(1) Solnit, Rebecca. 2016. Hope in the dark: untold histories, wild possibilities. Chicago, Ill: Haymarket Books.

(2) Wenders, Wim, Juliano Ribeiro Salgado, David Rosier, and Sebastião Salgado. 2015. The salt of the earth: a journey with Sebastião Salgado.

(3) Salgado, Sebastião. 2014. Genesis. Köln: Taschen