A veces la vida nos lleva a lugares y experiencias que, si de nosotros dependiera, no hubiésemos elegido nunca. Sin embargo, al atravesar esos pasajes con consciencia y amabilidad (sobre todo hacia uno mismo) pueden develarse recursos internos y externos antes inexplorados, obteniendo comprensiones que quizá nunca hubiésemos descubierto de no haber sido por este extraño regalo. Estos pasajes de la vida tienen el valor de poner las cosas en perspectiva y nutrir la sabiduría de discernir lo importante de los accesorio, lo auténtico de lo falso. En esta entrada de blog comparto una reflexión personal de María Fernanda, una psicóloga argentina a quien he tenido el gusto de acompañar este año en su proceso de diagnóstico y tratamiento de cáncer. Agradezco a María Fernanda por su generosidad  de espíritu al compartir estas reflexiones con nosotros.

Bendición de la soledad

Que reconozcas en tu vida la presencia, el poder y la luz de tu alma.
Que comprendas que nunca estás solo, que el resplandor y la comunión de tu alma te conecta íntimamente con el ritmo del universo.
Que aprendas a respetar tu individualidad y tu particularidad.
Que comprendas que la forma de tu alma es única, que te aguarda
un destino especial aquí, que detrás de la fachada de tu vida
sucede algo hermoso, bueno y eterno. Que aprendas a contemplar tu yo con el mismo júbilo, orgullo
y felicidad con que Dios te ve en cada momento.

— John O’Donohue. Anam Cara

Aún no se cumple un año de mi diagnóstico de cáncer de mama.

Hoy ya casi llegando al final de mi tratamiento puedo contarles que lo que me ha sostenido en mi proceso, además del afecto recibido de mis seres queridos, amigos, familia y mi familia mindfulness, fue la práctica.

Varias ideas se agolpan en mi cabeza voy a intentar ir de a una en este espacio. Con las palabras voy echando claridad sobre algunos conceptos que conocía de antes, pero que hoy cobran sentido desde la experiencia con otra fuerza.

Sabía que las cosas eran impermanentes, pero vivirlo es bien distinto. Cuando te dan un diagnóstico de cáncer, lo primero que se cruza por la cabeza es: “OK, se acabó el juego”. El miedo y la incertidumbre invaden y el cuerpo se estremece, se paraliza. Es inevitable que esto suceda: en un microsegundo sentís todo lo que te falta por hacer, lo que te gustaría, lo que no te querés perder, tus hijos, tus amigos, tu familia.

Al segundo siguiente surge el enojo, el llanto, y luego, como una ola que llega a la orilla, algo de calma aparece, cuando me doy cuenta que lo inevitable ya está sucediendo. Es entonces cuando me agarro de la mano de la aceptación, palabra que escuché y dije miles de veces, pero que ahora cobra un sentido pleno. Lo que está, ya está, y si me peleo con eso, duele más.

La respiración es un ancla importante, pues me trae aquí y ahora, y es el espacio el cual surge y se desarrolla aceptación. Sin ella no hubiera podido asir el abanico de posibilidades que se abría frente a mí.

Al rato vuelve a entrar el miedo y el enojo por no haberme cuidado. Tal vez por olvidarme de mí y cuidar más de los otros, quizás una excusa para no parar y ver qué era lo que yo necesitaba. Nuevamente la respiración trae consigo la amabilidad conmigo misma y el auto-cuidado. Cosas que ya sabía y que también repetía a mis pacientes con cáncer en cada encuentro con ellos. Muchos de ellos me reflejaban como un espejo la falta de auto-amabilidad y una vida entregada al otro, hoy entiendo demasiado entregada al otro. Detrás de esa entrega desmedida puede esconderse el ego, quizás buscando en realidad la aprobación del otro y en definitiva no acabamos cuidando bien a nadie.

Lindo entrampe.

Y vuelta a respirar y, sin juzgarme, empezar a tratarme con amabilidad. Descubrí que sin hacer activamente puedo hacer más. La experiencia con los monjes benedictinos me enseñó que con sus rezos, con sus cantos de todos los días, desde una aparente quietud hacen mucho por el mundo.

Yo creía que con la quimioterapia no iba a poder hacer nada. Yo, que soy inquieta, curiosa y que siempre estoy en movimiento, pensé que el mundo iba a seguir y yo me tenía que detener. Y así fue. Me detuve.

Se abrió frente a mí un camino nuevo por recorrer. El camino de la una autocompasión, una compasión que no solo se quedaba en mí sino que también se expandía hacia otros seres que, junto a sus familias y seres queridos, estuviesen pasando por mi misma situación.

Descubrí que quedándome en apariencia quieta estaba haciendo mucho y no me sentía sola.

Largas charlas con Gonzalo, quien me ayudó y me ayuda a recorrer este nuevo camino, me hicieron descubrir aspectos nuevos en mí y por aquellos lugares que con seguridad no elegiré caminar más. Y sin embargo también agradezco esos caminos recorridos porque ellos fueron también los que forjaron quien soy hoy.

Si me dieran a elegir atravesar un cáncer o no, diría que no, que no está nada bueno tener que atravesar esto. Pero la aceptación me enseñó a encontrarle el lado bueno a este camino en donde hay que poner el cuerpo, las emociones y el alma. Poco a poco pasé de pensar en un lapidario “game over” a la posibilidad de ir tomando las cosas paso a paso y ver lo que va sucediendo.

No soy ingenua y sé que muchas personas no tienen la suerte de un buen pronóstico y, en su proceso de enfermedad, se encuentran con la muerte. Pero incluso en quienes sobreviven, esta enfermedad es una situación límite que nos enfrenta con nuestra finitud, y es en el espacio de la práctica donde florece el camino a recorrer a través de la compasión hacia nosotros mismos, el perdón, la amabilidad y la paciencia, comprendiendo que hicimos y seguimos hacemos lo mejor que podemos, momento a momento.

Ojala que sin necesidad de un diagnóstico tu práctica te lleve a esto también, a la conciencia de la finitud, que es un ancla importante para ver con claridad y elegir aquello que tiene más sentido y valor para nosotros mismos.

Siempre que salía de ver algún paciente con cáncer, me decía “esto no lo voy hacer, aquello tampoco”, “voy a valorar más las cosas que tengo”. Como me dijo mi primer paciente paliativo que ví en mi vida: “lamento que no voy a poder ver más a los árboles, dar abrazos, besar o comer”.

Tomaba conciencia de esto, de la importancia de valorar cada cosa, pero daba la vuelta a la esquina y el piloto automático me hacía olvidar mi propósito.

No esperemos a enfermar para tomar conciencia, respiremos, y con amabilidad, paciencia, curiosidad y amor vivamos hoy, ahora. Eligiendo cada instante, agradeciendo cada cosa que pasa en nuestras vidas. No son buenas ni malas, simplemente son, y si no nos gustan bajemos por otra calle, soltando amarras.