¿Cómo convertir una experiencia de sufrimiento radical en el motor de transformación personal y colectivo? ¿Qué forma podría tomar la compasión desde la perspectiva de quien ha sufrido el terrorismo en carne propia?

Hay quienes piensan que cuando se ha sufrido el terror, en particular el terror del asesinato de un ser querido, la única posibilidad que cabe en la mente es la venganza y la demonización del enemigo: ojo por ojo y diente por diente (…y todos acabaremos ciegos, como dijo Gandhi). Hay quienes piensan que la fortaleza está en endurecerse, en barrer la propia vulnerabilidad bajo la alfombra, apretar los dientes, cerrarse a la propia humanidad y cerrar también la mente aferrándose a una visión sectaria y dicotómica.

La compasión, a la cual he dedicado tantas reflexiones en este blog (e intuyo que dedicaré varias más), es precisamente la posibilidad de no cerrarse mental y emocionalmente cuando lo más cómodo y seguro es hacerlo, aunque no sea lo más sabio a largo plazo. La compasión es la fuerza que emerge al dar el paso de conectar con la propia vulnerabilidad desde la motivación de ver de frente la realidad, por dura que sea, junto a la motivación de aliviar el sufrimiento actual y prevenir el sufrimiento futuro.

Mi comprensión de la compasión se ha visto enriquecida recientemente al conocer a Sara Buesa, psicóloga de Vitoria e hija de Fernando Buesa, diputado socialista que fue asesinado por ETA junto a su escolta, Jorge Díez, al pasar junto a un coche-bomba, el 22 de febrero del año 2000.

Conocí a Sara en el contexto de la celebración de los 40 años de los servicios sociales de base de Vitoria-Gasteiz, en diciembre del año pasado. Yo había sido invitado a hablar sobre la compasión y el autocuidado de los trabajadores sociales. Sara, como directora del Departamento de Políticas Sociales y Salud Pública en el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, fue la encargada de darnos la bienvenida y dirigir el encuentro. Al final del evento, Sara me comentó que mis ideas sobre la compasión le resonaron con lo que ella venía reflexionando sobre el amor como posición existencial, es decir, el amor como un lugar posible desde el cual podemos elegir relacionarnos con la realidad, con nosotros y con los demás.

Sara Buesa – XVI In Memoriam por Fernado Buesa y Jorge Díez

Al escuchar este concepto por primera vez, el del “amor como posición existencial”, me hizo un profundo sentido y esta idea me ha acompañado estos dos meses desde ese encuentro. Al escucharle, comprendí de inmediato que no se refería a querer o ser amigo de todo el mundo ni de estar de acuerdo o aprobar las acciones de otros. No se trataba de ser condescendiente o liviano frente al daño. Significaba poder ser firme frente a la injusticia y el terror pero sin sucumbir al deseo de venganza, comprendiendo que la venganza solo conduce a más venganza, alimentando espirales interminables de violencia. Comprendí que se trataba de ver el sufrimiento y el alivio del sufrimiento de manera sistémica y preguntarse: ¿de qué manera puedo aportar en disminuir (o al menos no aumentar) el sufrimiento a través de mi forma de situarme y moverme en en el mundo?

El amor como posición existencial implicaba el ver con agudeza las semillas de futuros terrorismos en el presente y trabajar con persistencia para desactivarlas, con una clara determinación para ver, nombrar e investigar a fondo el terror y sus causas. En las palabras de Sara:

“Creo en la reinserción, en las personas, en los procesos de cambio y evolución y en las segundas oportunidades” pero “cualquier planteamiento que se haga en relación a personas que han cometido crímenes debe ir acompañado de un mensaje claro, contundente y explícito de rechazo de dichos crímenes”

Hace pocos días recibí el vídeo de la reciente intervención de Sara en la ceremonia de conmemoración del XVII aniversario del asesinato de su “aita” y de Jorge Díez en el Museo Artium de Vitoria-Gasteiz. Sinceramente creo que las palabras de Sara son como una lámpara que alumbra una verdad personal y social que nos interpela a todos. Sus palabras me han tocado profundamente y por eso no solo quiero compartir en esta entrada el vídeo de esta intervención, sino también resaltar específicamente algunos pasajes de su intervención desde la perspectiva de la psicología de la compasión.

Para comenzar, el acceso a la perspectiva compasiva desde el trauma de la pérdida en manos del terrorismo, implica un proceso lento que parte por la integración de lo sucedido como una realidad. Al principio está la angustia, el miedo, la rabia, la sensación de quiebre del mundo y la reacción natural de querer anestesiarse frente al dolor. En la historia de Sara, este proceso de integrar la tragedia y poder sobrevivir emocionalmente a ella pudo ser apoyado y facilitado a través de la empatía y compasión (no lástima) de los otros. En su relato es claro que el tipo y la calidad de la mirada de los demás fue clave: las miradas de lástima tanto como las de incomodidad e incluso algunas pocas miradas de rechazo que recibió ella y su familia no hacían sino profundizar el dolor de lo ocurrido. En cambio, habían también “otras miradas, y esas son las que grabo a fuego: miradas cercanas, tristes y serenas, cálidas y firmes, que conectaban con mi dolor, que me insuflaban fortaleza y me hacían sentir arropada en mi dolor”. Esas miradas empáticas y compasivas, acompañadas por gestos sencillos y auténticos, como un abrazo espontáneo, le indicaron que no estaba sola, que su dolor no era solo su dolor, sino que era un dolor compartido y que había personas que realmente estaban con ella y con su familia.

El asesinato de su padre abrió en Sara una sensibilidad especial y una capacidad de ver de frente la naturaleza del sufrimiento propio y de los demás. Esto fue naturalmente muy duro, pero también generó una apertura para desarrollar el coraje y la tolerancia al distrés (indispensables en la compasión) para ver de frente la realidad y aceptarse a sí mismo cual tal se es. Para sanar el dolor, es indispensable primero verlo con honestidad. Solo en ese gesto, entrenado y repetido, puede cultivarse una sensibilidad balanceada, que permite conectar con el dolor sin desmoronarnos psicológicamente por el sufrimiento que atestiguamos:

“Afrontar mi propio sufrimiento, atender a mi dolor, respirarlo, reconocerlo y abrazarlo fue el primer paso para empezar a sanar. Con el paso del tiempo y mediante este trabajo personal, integré lo trágico en mi vida. He aceptado que soy quien soy, con mi mochila, con mis miedos y mis fantasmas, con mis heridas y sus cicatrices que estarán ahí para siempre. Y así conseguí encontrar un equilibrio entre cultivar mi sensibilidad, estar abierta al mundo y al sufrimiento de los demás y al mismo tiempo sostenerme firme y sólida sin derrumbarme ante el mismo”

Desde la psicología de la compasión sabemos que a partir de la apertura y sensibilidad al sufrimiento y contando con la resonancia emocional de la empatía, es posible que surja la motivación de ayudar. En el caso de Sara, ella orientó sus estudios y vocación profesional en la dirección del trabajo con personas que habían sufrido traumas.

“Surgió entonces el impulso de acercarme a otras personas que sufren situaciones traumáticas. De acompañarles en su dolor y su proceso de recuperación. Orienté a ello mi formación y mis actividades profesionales. Enfocar mi energía de esta forma me hacía sentir bien. Poniendo los aprendizajes de mis experiencias y mi conocimientos a servicio de otras personas sentía que estaba haciendo algo bueno, algo constructivo con mi dolor”

Esta motivación de ayudar a quienes han vivido sufrimientos parecidos al propio recuerda a Linda Bielh, madre de Amy Biehl, una joven estudiante estadounidense que fue asesinada en Ciudad del Cabo mientras trabajaba contra el Apartheid. Linda y Peter, el padre de Amy, en vez de retirarse y recluirse frente al dolor, comenzaron a viajar regularmente desde Estados Unidos y crearon la Fundación Amy Biehl en Ciudad del Cabo para trabajar en la prevención de la violencia: al sostener la visión humanitaria de su hija, alineándose con los valores de Amy y encarnándolos, encontraron una manera constructiva de integrar la tragedia y de honrar la vida de su hija. Una situación similar es la de Izzeldin Abuelaish, el primer médico palestino en ocupar un puesto en un hospital israelí. Durante la guerra de Gaza de 2008-2009, el fuego de un tanque acabó con la vida de tres de sus hijas mientras se encontra­ban en casa. Dos años después escribió un libro, No voy a odiar y creó la Fundación Hijas por la Vida en memoria de sus tres hijas. La misión de la fundación es «promover la educación y la salud de las niñas y mujeres de Oriente Medio. Creemos que la paz duradera en Oriente Medio depende de empoderar a las jóvenes y las mujeres mediante la educación, para desarrollar voces fuertes con las que mejorar la vida en todo Oriente Medio» (www.daughtersforlife.com).

Además del beneficio directo de aportar a la vida de otros transformando así el dolor en algo  constructivo y esperanzador, el contacto con el sufrimiento de los otros despertó en Sara la conciencia de humanidad compartida, es decir, la sabiduría de que nadie es invulnerable y de que básicamente estamos juntos en el mismo barco:

“En mis años acompañando víctimas de delitos violentos diversos se desarrolló en mí una fuerte conciencia de humanidad compartida que cambió mi manera de ver a las personas. Ayer me ocurrió a mí, y lo que a ti te sucede hoy me puede suceder a mí mañana. Lo que a ellos les pasa os puede pasar a vosotros también… estamos conectados, relacionados los unos con los otros…. Estamos en el mismo barco. Teniendo adelante a esas personas que habían sufrido tanto, sosteniendo sus emociones a flor de piel, rozando su vulnerabilidad y admirando su fortaleza y los recursos que desplegaban sentía como si fuésemos vasos comunicantes, me parecían seres humanos hermosos”.

Al conectar con la conciencia de la humanidad compartida de esa manera podemos lidiar con uno de los grandes obstáculos para la sanación, la compasión y la autocompasión, que es el aislamiento psicológico y social de sentirnos solos con nuestro dolor. Esta es una de las claves de la importancia y efectividad de los grupos y asociaciones de apoyo, como me lo decía hace un par de días una participante de un programa de entrenamiento en compasión en Sevilla, que es miembro de una asociación de ayuda mutua de padres que enfrentan la muerte de hijos: compartir con otros padres que han perdido a sus hijos en estos años le ha ayudado a trascender una sensación de soledad y volver a sentirse parte de la humanidad, al acompañar y ser acompañada por otros padres y madres. Contrariamente a lo que sentimos cuando sufrimos, el dolor no nos aísla, sino que precisamente nos conecta al resto de la humanidad.

Sin embargo, el proceso de Sara de abrir su propia historia, conectar con su vulnerabilidad y encontrar la fuerza que surge de ese espacio no fue inmediato. Frente a un trauma, la sensación de vulnerabilidad es tan intensa que el instinto defensivo es más fuerte que la voluntad de abrirse. El corazón tiene sus propios ritmos para abrirse y para cerrarse, y esa apertura no puede ser forzada, solo invitada a través de acceder una y otra vez a contextos de seguridad (externa e interna).

“A pesar del apoyo que yo brindaba a otras personas, mantenía una actitud muy reservada respecto a mí misma. Mi vivencia, mis emociones, las guardaba en un rinconcito seguro, íntimo… mi rincón de vulnerabilidad. Estaban ahí, lo tenía asumido, pero era algo desagradable a mantener oculto y bajo control. Me llevó un tiempo descubrir que lo que me hacía vulnerable a mí también era al mismo tiempo algo hermoso. Hace unos años, compartiendo mi testimonio en las aulas y en mis encuentros con otras víctimas, di el paso de empezar a mostrarme, de abrir mi corazón y compartir lo que llevo adentro. Fue un paso costoso, lo más parecido a un salto al vacío, lleno de vértigo, incertidumbre, miedo a resultar herida. Pero al hacerlo, al encontrar el coraje de contar la historia de quien soy con todo mi corazón, ¡zás! se desplegó una conexión impresionante, un intercambio maravilloso que me ayudó por fin a reconectarme conmigo misma, con la vida y con las personas

El compartir su testimonio junto a otras víctimas, ha perimido a Sara encontrar una sintonía en la diversidad, incluso con víctimas de historias muy distintas a la de ella,  incluso pudiendo empatizar con víctimas de “bandos opuestos”. Éste quizás sea uno de uno de los aportes más interesantes de la perspectiva compasiva o del amor como posición existencial: la comprensión básica, aunque no intuitiva cuando se mira desde una mirada sectaria, de que todas las víctimas, sea cual sea al color político, necesitan acceder a la justicia, a la reparación y a un mayor reconocimiento institucional. Realmente es una falta de coherencia criticar solo la violación de derechos humanos cuando quienes la sufren son de mi color político… como si la humanidad fuese una exclusividad de “mi grupo”. Esa falta de coherencia nos puede llevar a cometer (o ser cómplices pasivos o activos) de los mismos crímenes que se supone que rechazamos. Debiese ser motivo de profunda reflexión el observar el curso de la historia del siglo XX y de lo que va del XXI y notar cómo revoluciones anti-dictatoriales pueden acabar siendo tanto o más totalitarias que las dictaduras contra las que luchaban, y que países que se suponían paladines de la democracia y la libertad acaban generando nuevas y desastrosas formas de tiranía.

Desde una perspectiva sectaria, una víctima de ETA no tendría por qué preocuparse o sufrir por los secuestros, torturas, y asesinatos cometidos por el GAL (Grupo Antiterrorista de Liberación), un grupo paramilitar ilegal apoyado por el estado cuya misión era luchar contra ETA, en lo que se ha llamado la “guerra sucia”. Sin embargo, desde una perspectiva que trasciende el sectarismo, Sara no ha sido ambigua al respecto:

“Yo soy víctima de ETA y me posiciono rotundamente contra el GAL y contra cualquier vulneración de derechos humanos. Defiendo la igualdad en derechos para todas las víctimas y al mismo tiempo reclamo la deslegitimación clara del terrorismo de ETA y voy a seguir demandando que se haga un análisis en profundidad de lo que ha sucedido con ETA. Del mismo modo, una víctima del GAL puede mostrar su rechazo a la violencia de ETA al tiempo que reclama su derecho a acceder a la justicia y a un mayor reconocimiento institucional. O un familiar de un preso de ETA puede hacer un juicio crítico con las acciones de éste y mostrarse sensible con el daño que han causado y al mismo tiempo reclamar el acercamiento de su familiar y un tratamiento digno y respetuoso con los derechos humanos en prisión. Hacer una cosa no implica renunciar a la otra”.

Esta es parte de la sabiduría de la compasión: es posible oponerse, siendo completamente claro respecto a la importancia de que los perpetradores asuman las consecuencias de sus actos y actuar con fuerza para detener la vulneración de los derechos humanos y, al mismo tiempo, no caer en el extremo de deshumanizar al perpetrador. Es posible luchar por la justicia y al mismo tiempo tener la visión de que esa justicia deba ser restaurativa y no puramente punitiva, de tal manera que los perpetradores de crímenes puedan eventualmente reinsertarse en la sociedad. A quienes estén acostumbrados a pensar en los perpetradores como monstruos a quienes habría que humillar,  denigrar o simplemente eliminar, les sorprenderá la perspectiva de aquellos que como Sara han pedido que los ex-miembros de ETA que han sido encarcelados puedan cumplir sus sentencias en prisiones cerca de sus familiares y que se respeten sus derechos humanos.

Aunque esto pueda reflejar una nobleza de corazón, para mí lo que más claramente refleja es una mirada sistémica y de largo plazo sobre las causas del sufrimiento y el alivio del sufrimiento, una visión pragmática y sabia acerca de qué es lo que puede generar mayor alivio del sufrimiento a largo plazo. De hecho, los países que transitan desde una justicia punitiva basada en el castigo a una restaurativa basada en la reparación y rehabilitación de los perpetradores de delitos ven una disminución de las tasas de criminalidad a mediano plazo.

Pero volvamos al terreno personal, a tu historia y a mi historia, pues esta visión amplia de la justicia nace de una perspectiva que se cultiva a nivel personal y relacional, y comienza con la posibilidad de reconocer y abrazar nuestra vulnerabilidad compartida. Es precisamente desde esta vulnerabilidad donde surge la mayor fortaleza, tanto personal como socialmente:

“Estoy convencida de que es precisamente en esa zona de vulnerabilidad donde está nuestro máximo potencial, donde nace nuestra capacidad de conectar, donde hay verdadero diálogo y conversación, donde surgen los vínculos de humanidad compartida. La nuestra ha sido una sociedad deshumanizada, hemos vivido en un mundo muy sectario en el que se nos ha encasillado a las personas en extremos: nacionalistas / no nacionalistas, vascos /españoles, reforzando nuestras diferencias. Hay quienes han vivido a la ciudadanía en dos bandos enfrentados: los míos y los otros, dejando de ver a los otros como seres humanos valiosos y alimentando sentimientos de odio y desprecio hacia ellos. Convivimos tanto tiempo y de forma tan intensa con la violencia que nos habituamos a vivir con ella. En un mecanismo de supervivencia mucha gente se refugió en la burbuja de su vida cotidiana poniéndose una coraza y desconectando del sufrimiento, de lo que estaba sucediendo ahí fuera, al otro lado de la puerta, en el portal, en la calle, en el bar… Tan cerca y tan lejos”.

Para sentirnos seguros necesitamos sentirnos conectados. Necesitamos sentir que nuestros bienestar es importante para otros y que el bienestar de los otros nos importa de verdad. Desde la conciencia del sufrimiento y la resonancia empática con los otros, la intención de aliviar y prevenir el sufrimiento nos puede llevar a la pregunta más importante: ¿Qué puedo hacer yo? Escuchemos finalmente a Sara:

“¿Cómo puedo formar parte de la solución? Involucrémonos en un proceso de transformación. En un viaje que involucre nuestra esencia como seres humanos, a nuestros valores fundamentales. Hagamos de nuestros valores, de nuestra conciencia de lo que está bien y lo que está mal, nuestra guía. Y construyamos o reconstruyamos nuestras creencias en base a ellos.

El mundo sectario en que hemos vivido empieza a resquebrajarse y yo hago un llamado a salirnos por las rendijas que se abren, a mostrar nuestra humanidad y nuestra sensibilidad, a actuar de acuerdo a lo que nos dicta el corazón expresando abiertamente nuestros valores, defendiéndolos y rompiendo con los falsos dilemas en los cuales nos sitúan a veces los discursos sectarios (…) Abrazar nuestra vulnerabilidad suponer ir más allá de nuestra zona de seguridad. Supone movernos en un terreno de incertidumbre en el que renunciamos a controlar y a predecir todo.

Pienso con profunda gratitud en Sara y en todos quienes han luchado en detener, prevenir y reparar las consecuencias del terrorismo (individual, grupal o de estado) en todo el mundo. Pienso en la importancia de familiarizarnos como individuos, grupos y como ciudadanos con la visión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que a casi 70 años de su creación sigue siendo mucho más un horizonte hacia el cual avanzar más que una tarea completada) y en la más reciente Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra, y comprender que los derechos humanos, de los animales y de la tierra no debiesen ser un tema político (o si lo es, debiese atravesar todo el espectro político), ya que literalmente la subsistencia de la Vida tal como la conocemos depende de ello.

Finalmente, os dejo el vídeo de la intervención de Sara en el aniversario de la muerte de su padre. Cuando tengas tiempo, míralo con calma, como si fuese una meditación. Deja que su historia, su vulnerabilidad y su fuerza te toquen, porque finalmente su historia no es solo su historia… es nuestra historia, y en ti también yace la posibilidad de cultivar la compasión y el amor como posición existencial.

Si gustas, deja tu comentario sobre cómo resuenan en ti las palabras de Sara y cómo ves la posibilidad de cultivar en tu propia vida el amor como posición existencial.