En el marco del cultivo de la compasión, mindfulness sale del cojín de meditación y la práctica se vuelve relacional. Las personas y sus ne­cesidades no nos distraen de la práctica; los otros, con sus virtudes y sus defectos, son la campana de atención plena que nos despierta de estar distraídos y ensimismados en nuestras propias preocupaciones. En última instancia, es en la relación con los demás donde nuestra prác­tica se hace real.

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Al reconocer nuestras imperfecciones y nuestra fragilidad a tra­vés del cristal de la autocompasión, podemos experimentar con ma­yor empatía y compasión las limitaciones de otras personas. Esto no es solo beneficioso para nosotros –porque la compasión por los demás reduce nuestro malestar y nuestra reactividad hacia sus imperfeccio­nes– sino que también ofrece a los demás el espacio para reconsiderar sus actitudes en vez de ponerse inmediatamente a la defensiva. La con­ciencia de nuestra propia falibilidad nos puede ayudar a detenernos un momento antes de juzgar automáticamente a los demás y a intentar comprender mejor su situación y sus motivaciones, desde la perspec­tiva de la humanidad compartida. Si los juzgamos demasiado rápido desde una supuesta superioridad moral, corremos el riesgo de caer en la arrogancia y la cerrazón mental –una postura aparentemente sólida, pero en realidad muy frágil–. En cambio, al reconocer nuestras pro­pias imperfecciones y aprender a relacionarnos con ellas con amabili­dad y una buena dosis de humor, podemos ser más humildes y cálidos en nuestras relaciones con aquellos que nos rodean.

Del mismo modo que podemos ser más conscientes de cómo nos juzgamos a nosotros mismos, también podemos serlo de cómo juz­gamos, clasificamos y evaluamos de forma automática a los demás. Si tenemos en cuenta lo poco que realmente sabemos de los otros y de sus circunstancias, parece que lo más sabio es cultivar una saludable dosis de escepticismo hacia los juicios que nos hacemos sobre ellos. Estos juicios no solo son una suerte de ruido mental tóxico, sino que, además, suelen estar equivocados.

Si tenemos en cuenta lo poco que realmente sabemos de los otros y de sus circunstancias, parece que lo más sabio es cultivar una saludable dosis de escepticismo hacia los juicios que nos hacemos sobre ellos. Estos juicios no solo son una suerte de ruido mental tóxico, sino que, además, suelen estar equivocados.

Los psicólogos sociales hablan incluso del «error de atribución fundamental», un sesgo profundamente arraigado que nos lleva a atri­buir el comportamiento de los demás a sus disposiciones persona­les en vez de pensar en sus circunstancias. En cambio, empleamos el argumento opuesto para dar cuenta de nuestra conducta: si tengo el despacho hecho un desastre es porque no he tenido tiempo para ordenarlo, pero si tu despacho está desordenado es porque tú eres un desastre. Pero la verdad es que las personas (incluyéndonos a nosotros mismos) tienen la incómoda costumbre de ser mucho más complejas que nuestros prejuicios sobre ellas.

La idea de suspender los juicios apresurados y ofrecer el benefi­cio de la duda en vez de precipitarnos a sacar conclusiones no significa que debamos ser ciegos ni ingenuos ante las acciones ofensivas de los demás. Volviendo al lenguaje de la Comunicación No Violenta (Ro­senberg, 2003), podemos aprender a percibir las acciones inhábiles (aquellas que provocan sufrimiento) como «expresiones trágicas de necesidades insatisfechas». ¿Qué significa esto?

Considera lo siguiente: toda acción se puede entender como el intento de satisfacer alguna necesidad. La estrategia para satisfacer esa necesidad puede ser acertada o no, pero la necesidad en sí misma merece reconocimiento y respeto. Esta perspectiva evita confundir a la persona con sus actos, lo cual significa que nos podemos oponer con fuerza a una acción sin por ello abandonar nuestra capacidad de empatizar con esa persona.

Por ejemplo, imagina a una adolescente que le está gritando algo así a su madre: «¡Deja de meterte en mis cosas, deja de manipularme la vida! ¡Quiero tomar mis propias decisiones! ¡Te odio!», y a continuación le da un portazo en las narices. Desde una posición reactiva podemos sentirnos tentados a etiquetar a la adolescente como «mala», «agresiva» o «insoportable», pero con ello no solo sabotearíamos la re­lación, sino que lo más probable es que la madre se culpase a sí misma de haber criado a una hija tan difícil. Y esta idea se le comunicaría a la hija, directa o indirectamente, alimentando su baja autoestima. En cambio, uno podría preguntarse: «¿Cuál es la necesidad humana legí­tima que se oculta detrás de ese berrinche emocional?». Varias son las posibilidades: autonomía, independencia, autovaloración, seguridad, respeto… No hay duda de que la conducta del adolescente es poco há­bil, pero en realidad se trata de una expresión trágica de necesidades insatisfechas. La «tragedia» está en el hecho de que su propia forma de expresar la necesidad hace menos probable que esta sea satisfecha. ¿Qué ocurriría si empezáramos a ver nuestras propias acciones poco hábiles y las de los demás no como prueba de lo malos que so­mos, sino como «trágicas expresiones de necesidades insatisfechas»?

¿Qué ocurriría si empezáramos a ver nuestras propias acciones poco hábiles y las de los demás no como prueba de lo malos que so­mos, sino como «trágicas expresiones de necesidades insatisfechas»?

Al reflexionar sobre aquello que más necesitamos cuando su­frimos, podemos ser conscientes de lo que otros puedan necesitar cuando son ellos quienes sufren. Por ejemplo, sabemos por experien­cia propia que cuando sufrimos de nada nos sirve que nos juzguen o ridiculicen; en cambio, apreciamos cuando alguien nos ofrece com­prensión, apoyo, amabilidad, paciencia y confianza en nuestra capa­cidad de sobrellevar ese sufrimiento. Es evidente que la simple proyec­ción de nuestras necesidades en los demás no necesariamente les va a ayudar, por lo que se debe complementar la perspectiva de la huma­nidad compartida con la precisión empática, es decir, la capacidad de percibir exactamente los sentimientos y las necesidades de la otra persona. Thich Nhat Hanh habla sobre la relación entre el amor y la comprensión de esta forma:

Sin comprensión, el amor es imposible. ¿Qué debemos hacer para comprender a una persona? Debemos tener tiempo; debemos apren­der a mirar en lo más profundo de esa persona. Debemos estar ahí, atentos; debemos observar, mirar profundamente. Y el fruto de esa mirada profunda se llama comprensión. El amor es auténtico si está hecho de una sustancia llamada comprensión (2004, págs. 2-3).

Para comprender a los demás necesitamos tiempo para mirar en profundidad, y esto es exactamente lo que hacemos cuando practica­mos mindfulness. En el marco del cultivo de la compasión, mindfulness sale del cojín de meditación y la práctica se vuelve relacional. Las personas y sus ne­cesidades no nos distraen de la práctica; los otros, con sus virtudes y sus defectos, son la campana de mindfulness que nos despierta de estar distraídos y ensimismados en nuestras propias preocupaciones. En última instancia, es en la relación con los demás donde nuestra prác­tica se hace real.

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Este post es un fragmento del capítulo 11 (“Despertar la Compasión”) del libro Mindfulness y Equilibrio Emocional: Un programa de ocho semanas para mejorar la salud emocional y aumentar la resiliencia, de Margaret Cullen y Gonzalo Brito, prologado por Jon Kabat-Zinn, el cual será publicado en los próximos meses en España por la editorial Sirio.