La naturaleza es simple y profunda. No grita ni pone sobre sí misma luces de neón para llamar nuestra atención. Su manera de enseñar es sutil, como si estuviese abierta a la presencia atenta de alguien a quien susurrar al oído sus secretos. Con paciencia inagotable apunta de infinitas maneras a la realidad de la interdependencia y la impermanencia: todo lo que está realmente vivo fluye constantemente, nada en la naturaleza acapara más de lo que necesita ni sufre de ansiedad por el hecho de que todo se acaba para volver a empezar. Los árboles me hablan silenciosamente de simplicidad voluntaria, de verdadera elegancia y honestidad, asumiendo el punto de vista de quien sabe que donde no hay belleza, nada artificial puede acrecentarla.

Descanso y me reparo en el verde. El sonido del arroyo canta la única canción que no me cansa y que trae un mensaje directo a mi cuerpo antiguo, asegurándome que la vida es posible y que soy parte de ella. A medida que camino en silencio, sintiendo el peso de mis pasos sobre las agujas caídas de los pinos, me muevo entre helechos aun verdes. Paso a paso, mi corazón se va sanando de pérdidas y desilusiones, poco a poco voy encontrando en el silencio del bosque y en la caricia de la brisa fresca de esta mañana la estabilidad de esta tierra y la abundancia creativa del bosque que reflejan amablemente mis propias cualidades.

Vienen a mi mente las palabras del ecologista chileno Juan Pablo Orrego: “Todo ecosistema sobre la Tierra sueña con llegar a ser bosque”. En el bosque está la complejidad infinita de la diversidad coherente, dinámica y bien equilibrada de todo aquello que lo habita. Quizá por esto, cuando estoy adentro de un bosque, el corazón se vuelve verde y me siento parte de la gran familia terrena. No sabía que extrañaba tanto el bosque. Estar aquí hoy, envuelto en el verde, ha sido como recibir un abrazo profundo de alguien que extraño visceralmente. Por eso, saliendo por el extremo opuesto de la lógica del adquirir, me entrego en cuerpo y alma a este abrazo perdido que calma mi sed y abre mi mirada.

Me veo y nos veo tan confundidos. Tal como podemos ingerir calorías vacías de comidas chatarra por hambre emocional que nunca se colma, buscamos constantemente la siguiente compra, comida, situación, experiencia o relación, sin antes acabar de saborear y honrar lo vivido. Prontamente seguimos corriendo hacia adelante buscando afuera algo que no acaba de satisfacer y, a veces, por saltar a lo próximo, perdemos la oportunidad de recibir el regalo que teníamos al frente.

La naturaleza es paciente, lenta y flexible. No adelanta sus estaciones salvo cuando rompemos el equilibrio jugando peligrosamente con sus límites. La naturaleza no miente, ni adorna verdades. No halaga, pero se entrega abiertamente al cuerpo y la mente abierta del ser humano con actitud apreciativa. Ni las plantas ni los animales saben mentir, y hay un gran descanso en estar simplemente rodeado de honestidad y transparencia. Creo que podemos aprender mucho del bosque pasando tiempo en él y absorbiendo su nobleza y dignidad libre de orgullo.

Cuanta sed de ti tenía sin darme cuenta, anestesiado de urbe, hasta darme cuenta de la potencia de este abrazo. Este contacto directo y ancestral que no se formó en contextos urbanos o digitales sino que en la lentitud analógica de los ciclos de la tierra.

¿Y si dejásemos de hacer tanto ruido? ¿Si no pasáramos tan rápido a lo siguiente con la ansiedad habitual? Tendríamos quizá la posibilidad de detener el mundo y no terminar antes de tiempo ningún abrazo.

Quizá la lentitud de la naturaleza sea el mejor remedio para esta tristeza y soledad que a ratos nos inunda. Quizá no es solo carencia del amor humano sino también del amor telúrico, vegetal, mineral, acuático y solar el que está detrás de las tasas de depresión en alza en todas las sociedades post-industriales. Hemos mordido el anzuelo y nos hemos conformado con una pseudovida cómoda y predecible, corriendo detrás de las zanahorias y huyendo de los palos en una carrera loca que nadie entiende y nos enferma a todos. Estamos amaestrados para el consumo y de paso nos hemos vuelto objetos para el consumo ajeno.

La vida es una aventura acosada por nuestros hábitos reactivos, por el condicionamiento social y por la hipnosis colectiva que nos mantiene en la falsa creencia de que la felicidad está ligada al consumo (no solo el consumo de bienes, sino de experiencias y personas). En poco tiempo hemos sucumbido a una visión innecesariamente empobrecida de nosotros mismos, donde la lógica del emprendimiento, inicialmente pensada en torno al trabajo, ha ido colonizando nuestra visión de la vida y del amor. Ahora somos emprendedores de la vida: nos relacionamos con nosotros mismos y con los otros desde la lógica de maximizar los beneficios minimizando el esfuerzo y así nos hemos empezado a mirar unos a otros como objetos de consumo desechables que sirven o no a mis intereses. A través de la adicción a la gratificación instantánea, huimos hacia adelante, buscando siempre afuera lo que no cultivamos dentro, y crónicamente insatisfechos nos vamos a dormir agotados y solos. En la cosmovisión indo-tibetana existe la figura simbólica de los “pretas”, o los fantasmas hambrientos. Estos seres tienen una barriga inmensa y una boca extremadamente pequeña, con lo cual nunca pueden saciar su hambre y su sed. Crónicamente hambrientos, los pretas están constantemente insatisfechos, tal como lo está nuestra alma enferma de la inmediatez consumista.

Subo un monte y expongo mi cabeza al cielo abierto. Contemplo la vastedad del horizonte inmenso que se va abriendo más y más y todo cobra una nueva dimensión desde esta perspectiva ampliada. La espaciosidad externa del cielo refleja la espaciosidad inherente de la conciencia que la refleja y, en un sentido, también la contiene. Al mismo tiempo, mis pies están en contacto con la tierra. Este encuentro entre cielo y tierra a través de la verticalidad de un cuerpo humano que avanza lento sobre el entramado mineral y vegetal, me sugiere que lo más complejo y rico se esconde en lo que aparece al ojo como simplemente bello y apunta a la necesidad de aprender a sostener paradojas.

El verdadero amor, y no el apego autocentrado, nos invita a sostener una mirada amplia trascendiendo el hábito reactivo de cerrarnos defensivamente. El amor está constantemente abriendo espacio donde parecía no haberlo, tal como se va abriendo el horizonte al subir un monte. Esta amplitud permite tomar múltiples perspectivas sobre los fenómenos y abrazar paradojas y ángulos contradictorios, lo cual constituye una puerta valiosa hacia el perdón de uno mismo y de los demás. Al mismo tiempo en que siento una gran amplitud sobre mi cabeza, mis pies tocan la riqueza concreta de la tierra, lo cual me conecta con lo particular y único de cada detalle.

Es como si al mismo tiempo nos hiciéramos gigantes y minúsculos. Nos ampliamos porque nuestra identidad se expande al abrazar más de aquello que considerábamos “otro”. Al mismo tiempo nos hacemos infinitamente pequeños y humildes. Mi sensación ahora mismo, al escribir estas líneas junto al arroyo y entre los helechos, es la de querer hacerme infinitamente pequeño para poder entrar en cada cosa para conocerla y amarla desde dentro.

Hay algo en cada uno que sabe con claridad que la sensación de estar separados es una farsa. Hay momentos en que se abren las puertas de la percepción ordinaria y nos encontramos con nuestra identidad primordial y con nuestra pertenencia en la gran familia de todas las cosas*.

Una percepción no poco habitual en estados ampliados de conciencia es la de la diversidad de las formas como expresiones creativas de algo que nos trasciende y nos incluye. Algo parecido a la imagen de un dios que juega a las escondidas consigo mismo a través de una infinita diversidad creativa y expresiva, aquello que los hindus llaman Lila, el juego o teatro cósmico de Brahma. No aspiro a explicar este juego, ni siquiera comprenderlo, solo quiero ser más consciente de él en lo cotidiano y aprender a hacer mi parte de la manera más bella y honesta posible.

La soledad del bosque repara mi corazón y abre mi mente. El verde tiene el poder de devolvernos la conexión con un ritmo orgánico que late silencioso y sabio desde el comienzo de nuestra historia.

Mi invitación es esta: cuando puedas, desconecta de las pantallas y visita la naturaleza. Si prestas suficiente atención, te encontrarás con partes tuyas que no sabías que habías perdido.

 

*En esta preciosa entrada de blog publicada hoy, mi querida amiga María Noel Anchorena también habla acerca de la pertenencia en la gran familia de todas las cosas. Ambas entradas, sin saber que el otro también escribiría ni sobre qué, apuntan a distintos ángulos desde los cuales acoger y cuidar un corazón quebrado.

PS. Muchas gracias a María José Tobías por ofrecerme su espacio en la sierra de Madrid este fin de semana, y por sugerirme algunos rincones de su querencia.