«La poesía ayuda a las grandes catarsis, a mirar juntos el fondo de la noche, a vislumbrar la unidad en un mundo fragmentado por la separación y el aislamiento, a denunciar artificios y apariencias, a saber que no estamos solos en nuestros extrañamientos e intemperies. Descubrir el tú a través del yo y el nosotros a través de ellos, a entrever otras realidades subyacentes en el aquí y ahora, a azuzarnos para que no nos durmamos sobre el costado más cómodo, a celebrar las dádivas del mundo y extremar significaciones. La poesía es un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución. La poesía es siempre eso y algo más, mucho más» —Olga Orozco.

Desde hace algunos años siento de manera cada vez más clara que la imaginación es un recurso subutilizado para el cultivo del bienestar psicológico y social de las personas y de las comunidades. Hoy en día vivimos una crisis de imaginación: si no podemos imaginar realidades más sanas, justas y bellas, difícilmente podremos generar la motivación y los recursos para irlas construyendo. Ya sea que se trate de nuestra vida interior o bien de nuestras relaciones de pareja o de familia, incluyendo también nuestra participación en la sociedad, las creencias limitantes y la falta de imaginación empobrecen la conversación central que necesitamos sostener para atravesar íntegramente los desafíos que enfrentamos en estos tiempos. Este empobrecimiento imaginativo nos va dejando aislados en estrechas cárceles ideológicas que empequeñecen el horizonte de lo posible. El resultado trágico de esta limitación consiste en acabar sufriendo las realidades que coconstruimos por no haber sido capaces de imaginar nuevos relatos con potencial liberador.

Un pequeñito aporte en este sentido, es la creación-invitación de un rincón poético-narrativo que he llamado el Rincón del Alma, un espacio donde podemos escuchar poemas e historias que abran la imaginación de maneras que nos ayuden a sanar y florecer. En ese espacio, que está en su fase inicial y que irá expandiéndose regularmente (con la ayuda, espero, de muchos de ustedes), no encontrarás textos escritos, sino que encontrarás voces, ya que la voz humana transmite muchas cualidades emocionales e intencionales que nuestro cuerpo sabe decodificar incluso antes de darle un sentido intelectual a las palabras.

La voz humana es potente y transmite muchos más mensajes de lo que puede decir el significado de las palabras. Al escuchar la voz de un otro leyéndote un poema o un cuento con el amor que pondremos a cada una de las grabaciones que iremos haciendo, nos conectamos no solamente en el nivel del significado, sino que también estimularemos nuestro sistema de conexión y resonancia social en nuestro cuerpo. Este sistema que nos permite resonar con otros y comprendernos es activado por el nervio vago ventral (el cual sabemos que inerva las cuerdas vocales y el oído medio, permitiéndonos «leer» claves de seguridad o amenaza en la voz de alguien).

Aunque me extenderé sobre el sistema de conexión social y el nervio vago, sobre la voz como vehículo de resonancia y sobre el rol de la imaginación en nuestra salud personal y relacional en futuros posts, lo relevante ahora es esto: Quería crear un espacio donde quien lo necesite pueda escuchar una voz amiga leyéndole un poema o un cuento. Por suerte tengo amigos y amigas bastante imaginativos y jugados que se han entusiasmado con la idea. Una de ellas es mi amiga Paula Moreno, psicóloga clínica, experta en tratamiento de trauma infantil, escritora de cuentos y una de esas personas cuyos poderes imaginativos son muy amplios y, por suerte, están sabiamente dirigidos hacia la sanación de las personas, grandes y chicas. Como introducción a este espacio de cuidado del alma, Paula ha tenido el bello arrojo de escribir la siguiente entrada de blog para Cultivar la Mente, así dejando oficialmente lanzado el espacio Rincón del Alma.


El Arte de Narrar, el Arte de Sanar por Paula Moreno.

Las cuentos constituyen un bello canal para que una historia suceda. Y, como dice Graciela Montes (2017), lo más interesante es que sucede en el diálogo con otro, con aquel que nos escucha. Nos abren la puerta a que algo nueva suceda, a un nuevo mundo posible. El proceso narrativo es un proceso de transformación. Consiste en historias que contamos a otros y nos contamos a nosotros mismos. En este ida y vuelta es donde podemos darle sentido a nuestra historia. ¡Que herramienta poderosa! ¿verdad?

Pero esta matriz narrativa sólo se logra en relación a otros, es un proceso interpersonal, nos dice la autora. Y es allí donde esa transformación toma lugar, en el espacio relacional donde emerge. En este espacio podemos vislumbrar la posibilidad de que a través de la narración nuestra alma comience a sanar. Las creaciones narrativas nos entregan una vía para buscar nuevos sentidos y observar los hechos desde nuevas miradas. Los personajes de los cuentos pueden sacudirnos de nuestra cómoda realidad y los eventos inesperados que ocurren en la historia nos pueden llevar a despertar, a mirar con perspectiva los viejos sentidos y descubrir los nuevos.

«Escratches» de Agustín Gagliardi, Instagram: @agus.gagli

¿Por qué narrar ayudaría a sanar?

La poesía guarda un mundo emocional que nos invita a conocer y a redescubrir lo supuestamente conocido. Cuando nuestras palabras no llegan a nombrar lo que sentimos, cuando no hay conceptos para nombrar el dolor, la poesía nos sostiene de una manera amorosa dándonos la posibilidad de atravesar esas emociones desde adentro. Esta distancia mágica que el cuento nos ofrece, nos permite abrazar las emociones más duras permitiéndonos procesarlas de una manera más amable.

Los cuentos pueden convertirse en reguladores naturales de nuestras emociones. A través de ello podemos también recrear todo lo que nuestro cuerpo siente en consonancia con lo que escucha del cuento y con lo que esas emociones despiertan en nuestras sensaciones corporales. Nos ayuda a identificarnos con algún personaje, con algún objeto, con alguna emoción o suceso, que al estar allí, afuera en el cuento, nos anima a mirarlo, a visitarlo con más tranquilidad. Esta externalización nos da espacio. Poder contar una historia donde tal vez había sólo vacío o falta de palabra, es el acto más profundo de sanación, es nombrar aquello que era innombrable.

Poder contar una historia donde tal vez había sólo vacío o falta de palabra, es el acto más profundo de sanación, es nombrar aquello que era innombrable.

Cuando narramos un cuento modelamos con el otro conductas de cuidado. La voz acuna a quien nos escucha y genera sentimientos de calma. Cuando hay alguien que nos narra nos invita a la exploración, lo cual está íntimamente ligado a la experiencia de descubrir el mundo desde una base segura. Ese narrador se convierte en ese momento en un ancla de estabilidad, que nos sostiene en el presente pero a su vez instala otro tiempo donde algo nuevo puede emerger. Y es desde allí que podemos explorar ese nuevo mundo. Muchas veces ese nuevo mundo puede convertirse en un refugio, en un lugar seguro para quien lo escucha. Un refugio que nos da un respiro en medio de una tormenta, un refugio que nos permite encontrar nuevas habilidades. Un refugio que nos ofrece una mayor libertad.

Puedo volver a ese relato cuantas veces lo necesite y, tal vez, ese relato me hable de otra manera cada vez que lo encuentre. Así construyo el relato como construyo parte de mi propia historia y mi vida. El relato nunca se agota en una primera lectura (Diana Tarnovsky).

«Points of view» de Agustín Gagliardi. Instagram: @agus.gagli.

El narrar constituye un ritual sagrado. Se conjuga allí un espacio que se crea entre quien narra y quien escucha.  Éste es el espacio donde una nueva historia puede ser creada y sostenida. Donde lo rítmico de las palabras hamacadas por la voz nos dan la esperanza de crear algo nuevo, de resolver aquello que estaba velado a nuestra comprensión. Como todo ritual, el ritual de narrar involucra nuestro cuerpo y nuestros gestos que danzan con el cuento y la poesía. Y esta forma encarnada y no verbal de narrar, cuando está sintonizada con la verbal, nos ayuda a conectarnos con la seguridad más primaria, con aquello que nos remite a las primeras interacciones en la vida, con aquello que nos da confort y calma y que nos enseña a confiar para movernos en el mundo.

Confiar no es algo menor. Al escuchar un cuento, nos entregamos al mismo y al narrador, a ese mundo posible. Esta confianza habla de una capacidad para entablar vínculos con uno mismo y con los demás. Y si esa confianza no estuvo como recurso en nuestra primera infancia, la podemos recrear y cocrear en el acto de ser narrado.

Y cómo no nombrar a los silencios. Esos sonidos del silencio que permiten que tomemos una pausa para volver a empezar una y otra vez. Esos silencios son los que nos dan el espacio para respirar y volver al mundo con aire nuevo. Esos silencios nos permiten dejar el lugar para que una emoción se exprese o un pensamiento aparezca.

Es allí entre las palabras y los silencios en donde nuestra imaginación puede emerger. La imaginación es el antídoto más poderoso contra el sufrimiento. La imaginación a su vez va de la mano de la creatividad. Y ésta posibilita que seamos flexibles, que encontremos nuevas alternativas y habilidades, y que exploremos nuestros propios recursos. La narración ayuda a sanar porque nos da la posibilidad de contar una historia alternativa.

Si estas historias permiten crear nuevas realidades, son un excelente medio hábil para impregnarnos de cualidades que queremos desarrollar, ya sea la valentía, la amabilidad, la determinación, el coraje, la sabiduría, la fortaleza.

«New Paths» de Agustín Gagliardi. Instagram: @agus.gagli

La narración se convierte en una práctica compasiva en sí misma, ya que nos ayuda a tener una mirada más amable con lo que nos está sucediendo. Esta amabilidad se trasluce en la capacidad de nombrar lo que sentimos, de reconocer esas emociones y mirarlas en un principio desde un lugar menos identificado y más libre para luego reconocerlas como propias. Esta amabilidad se expresa en la ecuanimidad de darle espacio a todo lo que surja, en el cuento, en la historia, como en nuestra conciencia.

Los relatos tienen el poder de organizar, predecir y comprender la complejidad. Organizar nuestro interior y nuestros vínculos con el exterior también. Los relatos nos invitan a explorar los arquetipos de la cultura y, por lo tanto, nos acercan a palpar  la común humanidad. Nos muestran que el sufrimiento y el conflicto, tal como el cultivo de ciertas cualidades para afrontarlo, nos reúne a todos los seres humanos.

Todos tenemos miedos, pero en la poesía y en los cuentos los miedos son transformados y encontramos maneras originales de vencerlos. La tristeza puede tener colores y texturas, puede guardarse en objetos pequeños o inmensos mares, pero podemos a su vez mirarla y reconocerlas como experiencias legítimas en nuestra vida. Hasta me permite imaginar qué pasó antes y qué pasó después, aunque el cuento no lo diga. Puedo meterme en esa historia las veces que quiera y salir de ella otras tantas. Puedo permanecer allí mucho o poco tiempo, puedo decidir en qué parte del cuento entro en acción, puedo hasta cambiar su final.

Puedo hacer dialogar un cuento con otro y puedo buscar que los objetos del cuento hablen desde su perspectiva, puedo jugar con la puntuación y cambiar de un momento a otro el significado de lo que aparecía como algo estanco. Y es así la mejor metáfora de cómo abordar un problema o cómo sostener una emoción. Es un precioso instrumento para preguntarnos qué quiero hacer con mi vida.

«Reflection» de Agustín Gagliardi. Instagram: @agus.gagli

Por último, el proceso artístico de narrar y el de recibir esta narración se convierte en una práctica maravillosa de atención plena, donde cada sonido, cada silencio, cada gesto, cada suspiro , cada emoción despertada y cada pensamiento emergente, cada recuerdo y cada sensación corporal pueden ser recibidos y honrados.

Dice Diana Tarnovsky citando a la poeta Olga Orozco: ¿Para qué la poesía? «La poesía ayuda a las grandes catarsis, a mirar juntos el fondo de la noche, a vislumbrar la unidad en un mundo fragmentado por la separación y el aislamiento, a denunciar artificios y apariencias, a saber que no estamos solos en nuestros extrañamientos e intemperies, a descubrir el tú a través del yo y el nosotros a través de ellos, a entrever otras realidades subyacentes en el aquí y ahora, a azuzarnos para que no nos durmamos sobre el costado más cómodo, a celebrar las dádivas del mundo y extremar significaciones. La poesía es un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución. La poesía es siempre eso y algo más, mucho más».


Referencias

Graciela Montes (2017). Buscar Indicios, Construir Sentido.Bogotá: Editorial Babel Libros.