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Mejor que mil palabras vacías es una sola que traiga paz. –El Buda
Este es un tiempo de paradojas y confusión. Por un lado sentimos de manera muy concreta que la Tierra se ha hecho más pequeña, ya que es muy fácil conectarnos con personas de todo el mundo mediante las nuevas tecnologías. A través del Internet inalámbrico, los teléfonos inteligentes y las cuentas en redes sociales como Facebook y Twitter, hemos reducido el tiempo de espera casi a cero para poder contactar a otros o para ser contactados, volviéndonos virtualmente disponibles las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Es casi mágico poder tener un pensamiento que al minuto siguiente pueda ser leído, comentado y «gustado» por contactos de cualquier parte del mundo. Esta capacidad tecnológica tiene aspectos positivos, más allá de darnos la posibilidad de saber, por ejemplo, cómo le va (o cómo quiere que creamos que le va) a un compañero de colegio al que no vemos desde hace 15 años. Tiene también la notable capacidad de ayudarnos a transmitir ideas importantes, a organizar y coordinar personas e iniciativas en torno a la defensa del medioambiente, a generar mecanismos de vigilancia de la corrupción, etcétera.
Por otro lado, esta misma tecnología tiene el poder de seducirnos al punto de que terminamos viviendo con un pie más firme en la «virtualidad» que en la realidad. ¿Cuántas veces te ha pasado que estás conversando con un amigo y, de pronto, le suena (o te suena) el celular con una alerta de mensaje y súbitamente la atención al mensaje virtual se vuelve una prioridad, cortando el flujo de la conversación o del silencio compartido? ¿Cuántas veces te sientas al computador a hacer algo específico para darte cuenta después de un rato que estás viendo fotos y perfiles de personas que ni siquiera tienen verdadera importancia en tu vida? ¿Cuántas veces revisas un mensaje que te ha llegado, pese a estar manejando el auto? ¿Cuántas veces incluso lo respondes manejando?
Pese a que Facebook puede ayudar a transmitir información importante, lo cierto es que muchas veces es simplemente un espacio donde proliferan montañas de datos y autorreportes de poca importancia, creando ruido y distracción. El tiempo abundante que se invierte en cultivar la propia imagen proyectada en estos medios es tiempo precioso que podría ser ocupado efectivamente en vivir la vida con mayor plenitud, estando realmente presentes. En Chile, el 96% de las personas que tiene acceso a Internet tiene una cuenta de Facebook (unos 8 millones), donde en promedio cada persona permanece alrededor de 30 minutos conectada cada vez que ingresa, lo cual está por encima del promedio mundial (esto lo saben muy bien quienes trabajan en marketing). También es interesante saber que Facebook tiene hoy 843 millones de usuarios; que la empresa vale hoy 100 billones de dólares; que cada día se generan cerca de 3.000 millones de «me gusta» y comentarios, y que la página tiene un trillón de visitas mensuales.
Estos números parecen tan inflados como el número de amigos que los usuarios tienen: ¿quién puede tener 3.254 amigos… de verdad? Lo cierto es que investigaciones actuales sobre la soledad indican que, pese a esta aparente hiperconectividad, nos sentimos más solos que nunca, y que es la calidad y no la cantidad de relaciones la que incide con cuán solos nos sentimos. Algunos hallazgos interesantes de estas investigaciones son los siguientes: las personas más solitarias o con más rasgos neuróticos tienden a pasar más tiempo en Facebook; las personas se sienten menos solas cuando reciben comentarios personales en Facebook, pero no cuando reciben «interacciones de un clic»; existe una correlación inversa entre el uso de Facebook y la calidad de las relaciones familiares (mientras mejores son las relaciones familiares, menor es el uso de Facebook); las personas que son consumidoras pasivas en Facebook, es decir, que pasan la mayor parte de su tiempo en Facebook viendo las actualizaciones de perfil de los otros, tienden más a la depresión que aquellos que usan la plataforma para realizar comentarios personales y coordinar actividades que lleven a un encuentro no-virtual.
La relación entre pasar mucho tiempo viendo perfiles de otros y tener síntomas depresivos es significativa, ya que apunta a la tendencia humana a compararnos y, por supuesto, la mayor parte de la gente no muestra en Fb su vida tal como es, sino como quiere que sea percibida: una vida fantástica. Y claro, es fácil sentirnos apocados o que nuestra vida sea poco interesante en comparación. Nuestra identidad en las redes es un modelo mental/digital de lo que realmente somos, y podemos caer en la trampa de comenzar a rediseñarnos para intentar infructuosamente calzar con esta imagen digital, deshumanizándonos en el proceso. Esta deshumanización puede también afectar en cómo entendemos nuestras relaciones si es que confundimos las conexiones virtuales y superficiales con el estar realmente presentes y disponibles para compartir nuestra alma con otro. Todos necesitamos contacto humano auténtico, profundo y de largo plazo, ya que hay partes nuestras que no se develan de inmediato, requiriendo presencia y paciencia. Todos también necesitamos ser vistos, quizás por eso entramos fácilmente en la compulsión de actualizar nuestro estado en Facebook o generar otro «tuit» para que nos vean y recuerden que existimos pero, tal como en las adicciones, estos intentos nunca van a ser suficientes, porque lo que necesitamos que sea visto no cabe en el perfil de Facebook.
Práctica
Esta semana te proponemos que pongas atención a tu relación con los medios sociales. Observa cuánto tiempo pasas conectado, cuántas veces te conectas al día, y especialmente cuántas veces acabas revisando tu cuenta de Facebook aunque no habías planeado hacerlo. Intenta observar todo esto con curiosidad, apertura y aceptación, como un científico que simplemente toma nota de lo que ocurre sin evaluarlo como bueno o malo. Observa qué pasa en tu cuerpo, en tus emociones y en tus pensamientos cuando alguien comenta algo en tu muro, nota cómo eliges lo que escribes en tu actualización de estado y, de una manera especial, investiga cómo es esa persona que proyectas ser a través de los medios, en qué se parece a ti realmente y en qué eres diferente. Por último, observa cuál es tu motivación al hacer un comentario, al cliquear «me gusta» al ingresar a ver tu cuenta de Facebook, o incluso al prender el computador o revisar tu teléfono. Puedes preguntarte si esta motivación está alineada o no con lo que valoras más en la vida y si estás contento con invertir tu tiempo y energía en hacer eso.
En un nivel bastante concreto, si eres alguien que revisa a diario la cuenta de Fb, te proponemos esta semana, como práctica, que te pases un día sin hacerlo y que te des el tiempo para encontrarte personalmente con alguien que sea significativo para ti, con quien sientes que te podrías comunicar un poco más. Expresa tu valoración por la presencia real de quienes te rodean y practica tú mismo volverte más real para los otros. Recuerda que ni los otros ni tú estarán disponibles para siempre, que la vida es frágil, fugaz y, por lo tanto, preciosa.
Cuando te sea posible, planifica un día sin celular, ni computador, ni televisión, ni radio. Ejerce el derecho humano a desconectarte y a no estar tan disponible, y usa ese día para reconectarte contigo mismo. Al final, será un beneficio para ti, y también para los demás.
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Este artículo, junto a otras 51 reflexiones y prácticas, aparece en el libro Presencia Plena: Reflexiones y prácticas para cultivar mindfulness en la vida diaria, de Catalina Segú, Gonzalo Brito y Claudio Araya.
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