«Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro de si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa si es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no serás las misma persona que entró en ella. De eso se trata la tormenta.» –Haruki Murakami.

      Estos días has estado muy presente en mi mente… querido/a paciente. Me he encontrado pensando acerca de lo que sería estar en tu lugar y, sin lugar a duda, la situación en la que te encuentras ahora no es para nada fácil. Sí, imagino lo duro que tiene que ser encontrarse aislada en una habitación de un hospital o, peor aún, en algún lugar improvisado que esté haciendo las veces. Sola o acompañada a una distancia prudente de otros muchos pacientes en un hospital saturado ante la gran cantidad de personas afectadas por complicaciones derivadas del covid19. Quizá tengas el privilegio de estar pasando esta enfermedad en tu casa en vez de un hospital, quizá con síntomas leves o moderados, pero aun así estás viviendo las incomodidades, temores e incertidumbres que provoca la enfermedad.

      Probablemente te sientas con muy poca energía; quizá la tos constante tenga tu pecho, vientre y espalda doloridos; es posible además que hayas perdido tu capacidad de sentir el sabor y el olor de comidas que tanto disfrutas. Esta enfermedad ha puesto en pausa la vida tal como la conoces y te ha secuestrado temporalmente el goce de las cosas más simples que usualmente damos como garantizadas: saborear una naranja, abrazar a un ser querido, encontrarte con amigos para compartir una cerveza. Qué difícil es encontrarse de frente con la incertidumbre de lo que va a pasar, sin tener completa certeza sobre cómo irán evolucionando los síntomas. A esa incertidumbre se suma el hecho de que no puedes disfrutar de la compañía y el abrazo de tus seres queridos, a los que tanto necesitas en este momento de tu vida. ¿Quién lo podría haber anticipado hace tan sólo unas semanas?

      Aunque es posible que ahora mismo no tengas tanto dolor, la pérdida del disfrute, de tu libertad, de la compañía, de la funcionalidad mental y corporal que te suelen acompañar habitualmente en lo cotidiano, convierte los días en un terreno nuevo y extraño. Por esto, si en estos días estás sintiendo mucha más ansiedad, miedo, rabia o tristeza de lo habitual, si estás llorando más que de costumbre, si tienes insomnio o estás muy irritable y todo te enoja… por favor considera esto en profundidad: tu reacción es completamente normal y adaptativa. No es tu culpa.

     En estos días, si sientes que tu mente está agitada y que no estás viviendo desde tu yo habitual, si notas que te pierdes fácilmente en historias sufrientes en tu mente, realmente no es tu culpa. Tu mente responde así porque eres parte de la familia humana. Es como estamos diseñados los seres humanos y así reaccionamos cuando nos sentimos amenazados. En estos días es particularmente importante soltar la culpa de no estar tan disponible, de no responder cada vez el teléfono o no interactuar en redes sociales. Si estás acostumbrada a ser la que cuida y la que sostiene, es importante reconocer que no es tiempo de enfocarse en cuidar a otros sino de cuidarte a ti misma y respetar tus ritmos. También es tiempo de dejarte cuidar. Ahora mismo, tu mayor expresión de cuidado hacia los demás es tu distancia física para no propagar el contagio y cuidarte física y emocionalmente con cariño.

      En este momento yo no estoy enfermo con covid19, y aun así temo por mi salud y la de mis seres queridos, muchos de los cuales tengo a un océano de distancia y algunos de los cuales, como mis padres, están dentro de la población de riesgo. No tengo ninguna duda de que en tu lugar sentiría temor. A través de mi imaginación y también de mi comunicación cotidiana con personas que están enfermas y con profesionales sanitarios que están luchando en primera fila para cuidarnos, conecto a diario con lo que puede estar siendo tu dolor, tu sensación de soledad, tu preocupación, tu sensación de cómo las horas se van deslizando de forma tan lenta que detienen el paso del tiempo. Resueno con ese sufrimiento y con esa fragilidad porque también es mía, porque lo que viene a desvelar esta pandemia es lo que siempre ha estado ahí, nuestra fragilidad humana. Todos los seres humanos envejecemos, enfermamos y un día moriremos. Y la muerte es simplemente la sombra que proyecta nuestro cuerpo sobre la tierra cuando recibe la luz de la vida.

      El hecho de que tú estés ahí y yo aquí, es totalmente arbitraria. En cualquier momento pueden cambiar tornas, yo podría estar en una cama con fiebre y tú escribiéndome una carta. Y tengo la completa seguridad de que tú, querido/a paciente, al haber hecho este viaje inesperado, obligado a transitar por esta difícil experiencia, serás capaz de ponerte en mi piel, en mi alma y por qué no, sentir algún grado de amor hacia mí; amor y compasión hacia lo que es propiamente humano y frágil.

      Conectar con tu sufrimiento me ha conectado también con el dolor de otros muchos seres que, atrapados en situaciones no elegidas, están sufriendo de muchas maneras; algunas imaginables y otras que seguro no alcanzo a imaginar. Y esta conexión me hace sentir que todos somos compañeros, donde quiera que nos encontremos y sea cuál sea nuestra situación. Porque si algo nos pone a todos en la misma balanza es la verdad del sufrimiento. Es la experiencia humana más común y eso nos hermana.

      Ante esta situación de sufrimiento, surge también una pregunta central: ¿Cuál es la respuesta más constructiva frente a esa fragilidad? Quiero compartir contigo con humildad lo que creo según lo poquito que voy entendiendo de la vida: la mejor respuesta ante  la verdad del sufrimiento es la comprensión, el no juicio y la compasión. Lo que piden estos dolores físicos, emocionales, mentales relacionales y espirituales es una respuesta compasiva y autocompasiva. La enfermedad es un hecho. Está aquí. Pero ahora se abre el espacio a la pregunta: ¿cómo puedo apoyarme para navegar este momento difícil?

      Estando acostado o sintiéndote débil es posible que creas que has perdido tus alas y tu energía para elevar el vuelo. Pero esas alas están contigo mientras tengas vida, es parte de tu naturaleza y tu fuerza vital. Tus alas solo se han replegado temporalmente, cubiertas por un enemigo invisible y por una situación no elegida. Sin embargo, espero que no olvides del todo que tus alas siguen estando ahí, dentro de ti.

      Hasta que vuelvan los abrazos, recuerda que la gente que has amado vive en ti y tú eres parte de ellos. Recuerda que cuando decimos o expresamos de tantas formas un “te quiero”, ese amor que sientes no viene de la persona que amas, lo que sientes es su presencia en ti mismo y, de esta experiencia, surge ese amor. Y lo que hace esta persona amada es activar en ti la experiencia del amor. Lo que realmente sucede en ese momento es que la persona que amas ha actuado como un espejo que refleja ese lugar dentro de ti que contiene y es la fuente verdadera de ese amor. Cuando ese reflejo no está físicamente disponible porque está lejos o ya no está, perdemos el contacto con lo más precioso de nuestro ser: aquello en uno mismo que es amor. Lo que extrañamos cuando extrañamos, lo que sufrimos cuando sufrimos, es la pérdida de contacto con nuestra naturaleza original, porque eso somos detrás de todas las capas de ilusión: somos amor puro e ilimitado. Y eso no lo arrebata una enfermedad. Eso no lo puede arrebatar ni siquiera la muerte.

 

 

      De algún modo, si alzas el vuelo de tu imaginación, te sentirás un poquito más cerca de tus seres queridos y de todo lo que vive y siente, experimentando el fuerte vínculo que une nuestros corazones, nuestras almas. Viktor Frankl nos lo recuerda de esta manera tan sabia «Nuestra mayor libertad humana es que, a pesar de nuestra situación física en la vida, siempre estamos libres para escoger nuestros pensamientos».

      Además de conectar con el amor que vive en ti, puede que haya muchos momentos en los que pese a la dificultad o la incomodidad seas capaz de conectar con la gratitud hacia lo que sí hay, hacia lo noble, lo bueno lo bello y lo que funciona pese a esta situación. Quizá, por ejemplo, puedas agradecer el apoyo de los valientes profesionales sanitarios que están haciendo todo lo posible por cuidarte y cuidarnos, quienes de todas las maneras posibles ponen a tu disposición su inestimable esfuerzo y conocimientos para  aliviar tu sufrimiento. A lo mejor también puedes conectar con la gratitud hacia quienes te sostienen con amor en sus mentes y corazones.

      Quizá veas también que surge un espacio para agradecer las experiencias, aprendizajes y relaciones significativas de tu vida. Como me lo ha comentado Cristina, una amiga que está saliendo de su enfermedad, éstas han sido semanas muy difíciles, pero también semanas de descubrimiento. Ella me dice, por ejemplo, que al no poder sentir el sabor de las comidas se empezó a focalizar en otras cosas que, aunque no se comen, sí tienen sabor y satisfacen existencial y espiritualmente.

      Desde este ángulo radicalmente distinto sobre la vida que ofrece la enfermedad y el aislamiento físico: ¿Qué emerge como lo más importante en tu vida? ¿Qué te gustaría hacer con esta preciosa vida cuando vuelvas a recuperar tu salud y tus fuerzas? Te invito a dedicar algún tiempo a este experimento: Imagina qué vas a hacer con tu energía cuando esté de vuelta. Es un buen ejercicio a nivel personal, pero también es la gran pregunta que tendremos que hacernos como sociedad y como especie. Porque, si no despertamos a formas más sabias y amorosas de vivir, sin duda seguirán viniendo nuevos covid20, 21, 22, etc…. Porque, si no vivimos desde el amor, ¿para qué vivir?

Somos vulnerables de tantas maneras, querido/a paciente.

      El poeta Indio Rabindranath Tagore expresó lo que te quiero decir de esta manera tan bella: «Los dos construiremos un puente eterno entre dos desconocidos entre sí. Y esta maravilla existe en el corazón de las cosas». Sí, mi querido/a paciente, no necesitamos conocernos para que llegue a florecer el amor y la compasión entre dos almas que aun no se conocen personalmente. Es nuestra humanidad compartida. Es el hecho de reconocer que no somos nada que pueda existir independiente de todo lo demás.

No somos. Inter-somos.

Todos los seres estamos unidos… Todos somos Uno.

Si tú ahora sufres, ese sufrimiento también es mío…

Por esto, mi querido paciente, ojalá te veas libre de tu dolor

Ojalá que muy pronto estés sano

Que llegues a experimentar profunda paz y seguridad…

Y recuperes todo tu bienestar y la felicidad más profunda inunde tu ser.

 

Con amor y esperanza,

Beti Fernández, Gonzalo Brito y miles de personas que invisiblemente te envían cariño ahora mismo.