
Escribo ya de vuelta en mi lugar, aquí en el sur, bajo el cielo de Valdivia que ya empieza a mostrar los tintes del fin del verano. Sin embargo, mi corazón sigue resonando —con esa vibración persistente de las campanas tibetanas— con lo que viví hace apenas ununas semanas en Brasil.
Fueron cinco días de inmersión en la isla de Florianópolis. En dos casas ofrecidas generosamente por una de las participantes del siposio (su casa) y otra ofrecida por sus amables vecinos), rodeados de selva tropical, con el sonido constante de los pájaros y una bajadita al mar. Allí nos reunimos con un grupo maravilloso de compañeros y compañeros, algunos de ellos monjes o maestras/os budistas, algunos de ellos biólogas, filósofos, profesoras, activistas, todas personas maravillosas interesadas por la ecología y la espiritualidad, la mayoría de Brasil, pero algunos también de Chile, Perú y Estados Unidos, guiados por la claridad incisiva del maestro David Loy, y las presencia estable y luminosa del monje Koho Mello, y las enseñanzas de ecoespiritualidad de psicólogo Will Adams. Dieciocho personas, aproximadamente la mitad de hombres y de mujeres.
También tuvimos el privilegio de contar con el ecopsicólogo Will Adams, cuyo trabajo reciente sobre el amor y la ética relacional nos recordó constantemente que no podemos separar la psicología profunda del cuidado de la tierra. Ver a estos maestros y maestras, no en un pedestal, sino compartiendo el desayuno, caminando por la arena y escuchando con atención a otros con humildad, fue en sí mismo una enseñanza.
El entorno era de una belleza exuberante, casi abrumadora, pero el tema que nos convocó tenía un peso ineludible: la Policrisis. Sabemos que, como especie, no enfrentamos un solo desafío. Estamos inmersos en crisis simultáneas: climáticas, económicas, sociales, políticas y de sentido. Y quiero ser muy honesto con esto, porque lo siento en mi propia piel y lo veo en pacientes y alumnos a diario: frente a la magnitud de este panorama, es fácil caer en la desesperanza. Es normal sentir ansiedad, agobio o esa parálisis fría que nos susurra que somos demasiado insignificantes para cambiar algo. A veces, la respuesta más «cuerda» parece ser cerrar los ojos.
Sin embargo, lo que surgió en ese encuentro no fue angustia. Fue algo distinto, algo que tuvo el sabor de una confianza renovada. Una de las reflexiones más hondas que me traigo tiene que ver con la noción del «recipiente» o el contenedor. En nuestra cultura individualista, tendemos a creer que debemos procesar el dolor del mundo solos, en la privacidad de nuestra mente. Pero estos días me confirmaron que eso es imposible. Necesitamos corregularnos y pensar creativamente juntos. Necesitamos un contexto relacional y social que nos sostenga.
Sentí que la selva, el mar y, sobre todo, la calidad humana del grupo, actuaron como un contenedor vivo. Un espacio donde podíamos mirar lo ue genera dolor y miedo a la cara sin desmoronarnos, transformándolo en lo que podríamos llamar una «esperanza realista». No esa esperanza ingenua de que «todo saldrá bien mágicamente», sino la certeza de que podemos acompañarnos mientras navegamos la incertidumbre.
David Loy y Will Adams nos invitaron, cada uno a su manera, a cambiar la mirada habitual. Solemos pensar que la naturaleza está «allá afuera», como un objeto o un escenario, y que nosotros, los humanos heroicos o culpables, necesitamos ir a salvarla.
Pero el principio de la no-dualidad nos susurra algo mucho más íntimo: Mira profundamente adentro y verás que no existes de manera separada. Tú eres naturaleza. Nosotros somos la tierra tomando forma humana, respirando y pensando.
Cuando esta comprensión baja de la cabeza al corazón —cuando deja de ser un concepto y se vuelve una sensación en el cuerpo—, cuidar el planeta deja de ser un «deber moral» agotador que compite con tu comodidad. Se convierte en algo natural e inevitable como cuando una mano cuida a la otra porque sabe, sin duda alguna, que pertenecen al mismo cuerpo.
Quizás la crisis fundamental que enfrentamos no es solo ecológica o económica, sino una crisis de percepción; una incapacidad de ver la intimidad profunda que nos une a todo lo que existe. La visión de interconexión, de «interser» en palabras de Thich Nhat Hanh, es una medicina profunda, y cultivarla junto a otros es un regalo que podemos ofrecernos. De esa visión profunda de relacionalidad e interconexión puede surgir naturalmente la mentalidad de cuidado de lo que es precioso e impermanente.
Me vuelvo al sur con la certeza de que no necesitamos cerrar los ojos para encontrar alivio, sino abrirlos juntos. Y te dejo esta pregunta que sigue viva en mí y que quizás quieras llevar contigo esta semana: En medio de tus propios desafíos y del ruido del mundo, ¿cuál es tu recipiente? ¿Quiénes son las personas, las comunidades o los lugares naturales que te ayudan a sostener la esperanza y a recordar quién eres realmente?





