«La agresión más básica hacia nosotros mismos, el daño más importante que podemos hacernos, consiste en mantenernos en la ignorancia al no tener el coraje de mirarnos a nosotros mismos con honestidad y amabilidad»- Pema Chödrön.
El camino espiritual no comienza cuando nos liberamos de las dificultades de la vida, sino que cuando dejamos de escapar de las situaciones que nos atemorizan. La práctica contemplativa no es una vía de evasión, sino que al contrario, es una disolución gradual y amorosa de las barreras, dejando que la vida nos vaya tocando en toda su amplitud y profundidad. La palabra tibetana que se traduce como “meditación” es sGom, que literalmente quiere decir “familiarizarse con”. Este término sugiere que lo que hacemos al meditar es familiarizarnos gradualmente con nuestra propia mente-corazón, es decir, volvernos íntimos (familiares) con nuestros pensamientos, emociones, hábitos y tendencias. Al mismo tiempo, nos vamos familiarizando con un nuevo modo de relacionarnos con nuestra experiencia, un modo caracterizado por la apertura y el amor.
Esta actitud amorosa y de aceptación hacia nuestra experiencia no es un barniz artificial que imponemos a la fuerza sobre la mente-corazón, sino que es la naturaleza misma de la mente-corazón que brilla cuando las nubes de la confusión se disipan. Sin embargo, aunque la confusión esté presente, esta cualidad lúcida y amorosa de la mente está siempre ahí, tal como el sol siempre está ahí aunque a veces lo único que veamos sea un terrible aguacero. Esto puede sonar grandilocuente o incluso metafísico pero, en realidad, esta cualidad amorosa es algo tan básico que todos la podemos reconocer cuando participamos de ella, cuando la recibimos y cuando la ofrecemos. Es lo que nos constituye como seres humanos.
Este amor, bondad o amabilidad básica, conocida como maitri en sánscrito y metta en pali, comienza por respetar todas las partes de uno mismo y hacer una tregua en la batalla interna. Esta es una capacidad de nuestra mente-corazón que es especialmente importante recordar y practicar cuando nos enfrentamos con los aspectos más difíciles de nuestra vida, aquellos aspectos que nos dan vergüenza, miedo, rabia y culpa; cuando nos sentimos perdedores, cuando estamos completamente desorientados o cuando despertamos en medio de la noche con temor a enfrentar la vida. Si huimos de nuestra propia experiencia y evitamos el dolor, no sólo no entraremos en contacto con la vida sino que también gastaremos toda nuestra energía y recursos en esa evitación. El amor es lo que permite trascender la evitación y cuando optamos por dejar de evitar es cuando podemos entrar realmente en la vida. Cuando nos permitimos conectar con nuestra propia experiencia, especialmente con nuestras experiencias dolorosas, es también cuando nos podemos comenzar a conectar con los demás. Dejar de huir de uno mismo nos permite dejar de huir de los demás y es ahí donde puede abrirse un claro en el bosque donde cultivar la semilla de la compasión.
La práctica de mindfulness es una de las maneras de disolver las barreras que nos distancian de nuestra propia experiencia. Cuando practicamos la meditación sentada cultivamos la calma y apertura mental necesarias para observar con compasión cada cosa que surja, para luego dejar que se disuelva naturalmente en la espaciosidad de la mente. Este gesto simple (aunque no necesariamente fácil) de observar compasivamente una y otra vez la propia experiencia sin juzgarla como buena o mala, nos permite ir abriendo poco a poco nuestro corazón hacia nosotros mismos y hacia los demás. En esta práctica se va atenuando el hábito de crear barreras internas e internas, pudiendo así abrazar la vida en su totalidad, incluyendo sus placeres y sus dolores, sin crear una capa extra de resistencia o apego.
Para explorar este tema en tu propia experiencia, aquí hay algunas preguntas, no para obtener respuestas rápidas, sino para explorar qué surge en tu experiencia al leerlas con calma:
¿Qué barreras hay en tu mente/corazón que te estén impidiendo abrirte a la vida, a ti misma/o o a los demás?
¿Cómo podrías ofrecerte a ti mismo/a una actitud aceptadora y amorosa?
¿Qué pasaría en tu relación con los demás si pudieses ofrecerte a ti mismo/a esa ternura y cuidado?
¿Que pasaría en tu relación contigo mismo/a si pudieses ofrecer una actitud de amor y aceptación a los demás?
¿Qué aspectos de ti mismo/a pueden estar siendo relegados a un rincón, sin ser plenamente reconocidos y aceptados?
En la práctica de meditación sentada, ve si puedes evocar la actitud de la compasión y la aceptación radical hacia tu propia experiencia. Esto implica, por un lado, traer tu atención de vuelta a la experiencia presente una y otra vez de una manera amable y paciente, sin juzgarte por haberte distraído. Por otro lado, esta actitud amorosa se dirige a los contenidos mismos de la conciencia, cultivando una atención amorosa hacia los pensamientos, las emociones y las sensaciones físicas que surjan, sin aferrarse y sin rechazarlos.
En tu vida cotidiana, ve si puedes prestarle atención a la construcción de barreras internas y externas cuando éstas surjan y practicar traer una cuota de suavidad a esa situación, tanto contigo mismo/a como con los demás. Es importante tener en cuenta que la práctica de disolver las barreras no implica no poner límites. De hecho, poner límites sanos es lo que muchas veces permite el verdadero encuentro con los demás. Sin embargo, no hace falta crear barreras o barricadas para poner límites protectores, ya que cuando creamos barreras internas o externas tendemos a apegarnos o sobre-identificarnos con un aspecto parcial de la realidad, negando la naturaleza fluida de toda la existencia.
La práctica esencial consiste en soltar la lucha interna y dejar de morder automáticamente el anzuelo de culpar a los demás o a uno mismo, asumiendo que la realidad y la vida son infinitamente más complejas y ricas que eso. La práctica esencial es mantener abierta tu curiosidad y tu corazón.
¡Que tengas buena práctica!






