Por una percepción más sabia y compasiva

Si tomamos en cuenta cuán poco realmente sabemos de los demás, de su vida y de sus circunstancias, pareciera ser una sabia opción cultivar una cierta dosis de escepticismo hacia los juicios que nuestra mente crea sobre ellos. Estos juicios no solo son un tipo de ruido mental tóxico, sino que a menudo son simplemente falsos.

Reconocer nuestras imperfecciones y nuestra fragilidad a través del lente de la auto-compasión nos permite relacionarnos con los defectos de los demás con mayor empatía y compasión. Esto es beneficioso para uno mismo —ya que la compasión por los demás disminuye nuestro propio estrés y reactividad hacia las imperfecciones de los demás— pero también lo es para la otra persona, ya que le entrega el espacio necesario para observar y reconsiderar sus propias actitudes en vez de simplemente saltar a una postura defensiva.

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El artista mexicano Pedro Reyes transforma 6,700 armas decomisadas en instrumentos musicales. Alquimia en acción.

Ser conscientes de nuestra propia falibilidad nos ayuda a detenernos por un momento antes de juzgar automáticamente a los otros, permitiéndonos así entender mejor la situación y la motivación del otro desde la perspectiva de nuestra humanidad compartida. Si juzgamos demasiado rápido a alguien desde un lugar de supuesta superioridad moral corremos el riesgo (no tan) sutil de endurecernos, cerrar nuestra mente a nuevas posibilidades y volvernos arrogantes. Esta postura, aparentemente firme y sólida, en realidad es un lugar muy frágil en el cual estar parado: todo lo que se vuelve rígido se quiebra con facilidad. Al contrario, al asumir las propias imperfecciones y aprender a relacionarnos con ellas con amabilidad y una buena cuota de humor, podemos volvernos más humildes y cálidos en nuestras relaciones con los demás.

Tal como es posible ser conscientes de las maneras en que tendemos a juzgarnos a nosotros mismos, también podemos volvernos conscientes de las maneras en las que juzgamos, clasificamos y evaluamos a los otros. Si tomamos en cuenta cuán poco realmente sabemos de los demás, de su vida y de sus circunstancias, pareciera ser una sabia opción cultivar una cierta dosis de escepticismo hacia los juicios que nuestra mente crea sobre ellos. Estos juicios no solo son un tipo de ruido mental tóxico, sino que a menudo son simplemente falsos.

Los psicólogos sociales tienen un concepto muy interesante. Se trata del «error fundamental de atribución» o «sesgo de correspondencia», términos sofisticados que se refieren a un sesgo que tenemos profundamente arraigado que nos hace atribuir la conducta de los demás a una disposición personal o intrínseca en vez de tomar en cuenta sus circunstancias, mientras que para explicar nuestras propias conductas ocupamos la lógica opuesta. Por ejemplo: Si mi oficina está terriblemente desordenada es porque estaba apurado, pero si tu oficina es un desastre, es porque tu eres un desastre.  Lo cierto es que las personas (incluido uno mismo) tienen el hábito persistente de ser bastante más complejas y ricas que nuestros juicios sobre ellas.

La idea de suspender nuestros juicios automáticos y de ofrecer el beneficio de la duda en vez de saltar a conclusiones rápidas no implica que debamos hacer vista gorda o ser pusilánimes frente a las acciones poco sabias de los demás. Utilizando el lenguaje de la Comunicación No-Violenta (Rosenberg, 2003) podemos entrenarnos en percibir las acciones poco sabias (aquellas que conducen al sufrimiento) como “expresiones trágicas de necesidades insatisfechas”. ¿Qué significa esto?

Considera esta idea. Cada acción puede ser vista como un intento de satisfacer una necesidad humana básica. La estrategia para satisfacer esa necesidad puede ser más o menos sabia, pero la necesidad en sí misma es digna de reconocimiento y respeto. Esta perspectiva evita que fusionemos automáticamente a la persona y sus acciones, lo cual significa que podemos oponernos decidida y efectivamente a una acción de alguien sin perder completamente nuestra empatía hacia ese alguien. Creo que esta es la perspectiva que, por ejemplo, le permite al Dalai Lama referirse al gobierno chino, el cual ha ocupado y destruido Tibet, como «my friend, the enemy» (mi amigo, el enemigo).

Metralleta reencarnada en bajo eléctrico.

Imagina que una adolescente le grita a su madre algo así como: “¡Deja de meterte en todo, deja de manipular mi vida! ¡Quiero tomar mis propias decisiones! ¡Te odio!” —dando un portazo en la cara de su madre. Desde una postura reactiva (y muy humana, por cierto) la madre podría juzgar y etiquetar a la adolescente como “agresiva”, “imposible”, una «chica problema». Sin embargo, esto podría acabar saboteando la relación y también llevaría a la madre a juzgarse a sí misma por haber criado una «niña problema». Este juicio de la madre va a ser comunicado directa o indirectamente a la hija, alimentando su baja autoestima. Uno podría preguntarse: “Cuál es la necesidad humana legítima detrás de esta pataleta?”. Aquí hay algunos posibles candidatos: autonomía, auto-estima, seguridad, respeto, expresión. No hay duda de que el comportamiento de la adolescente es poco sabio. De hecho, es la expresión trágica de una necesidad insatisfecha. La «tragedia» radica en el hecho de que es precisamente el modo en que ella está tratando de expresar su necesidad la que hace menos probable, sino imposible, que esa necesidad sea satisfecha.

¿Que sucedería si empezáramos a ver las acciones inadecuadas de nosotros mismos y de los demás no como una prueba de lo malos que somos, sino como «expresiones trágicas de necesidades insatisfechas»? ¿Estaríamos quizás algunos pasos más cerca de construir un sociedad más tolerante y compasiva?