Rezar no es suficiente. Existen soluciones para muchos de los problemas que enfrentamos; necesitamos crear nuevos mecanismos de diálogo, junto a sistemas educativos que inculquen valores morales. Estos deben ser guiados desde la perspectiva de que todos pertenecemos a la familia humana y que juntos podemos tomar acciones para enfrentar los desafíos globales.

Hace un par de días se publicó esta reflexión del Dalai Lama para el periódico Washington Post, en el marco de su visita a Estados Unidos y al día siguiente de la masacre en Orlando. En tiempos donde a veces cuesta encontrar fuerza y esperanza en medio de la violencia y el absurdo, miro con respeto a este hombre, quien, más allá de ser un hombre religioso, es un compañero ser humano que a sus 80 años y tras sufrir en primera persona la barbarie y el exilio, mira al futuro con una impresionante confianza y fuerza para seguir contribuyendo positivamente. Gonzalo Brito.

El 14 Dalai Lama, Tenzin Gyatso, es el líder spiritual de Tibet. Desde el año 1959, ha vivido en el exilio en Dharamsala al norte de India.

Casi seis décadas han transcurrido desde que dejé mi tierra natal, Tíbet, y me convertí en un refugiado. Gracias a la amabilidad del gobierno y de la gente de la India, los tibetanos encontramos un Segundo hogar donde podemos vivir con dignidad y libertad, siendo capaces de mantener nuestra lengua, nuestra cultura y nuestras tradiciones budistas.

Mi generación ha sido testigo de mucha violencia— algunos historiadores estiman que más de 200 millones de personas han sido asesinadas en conflictos bélicos en el transcurso del siglo XX.

Hoy día aun no vislumbramos el fin de la violencia en Medio Oriente, lo cual, en el caso de Siria, ha llevado a la mayor crisis de refugiados en una generación. Ataques terroristas deplorables — como el de este último fin de semana — han alimentado un miedo profundo. Aunque sería fácil tener una sensación de desesperanza y angustia, es todavía más necesario en estos primeros años del siglo XXI mantener una mirada realista y optimista.

Hay muchas razones para tener esperanza. El reconocimiento de los derechos humanos universales, incluyendo el derecho a la autodeterminación, se ha expandido más allá de lo que podríamos haber imaginado hace un siglo. Hay un consenso internacional creciente sobre el apoyo a la igualdad de género y el respeto a las mujeres. Especialmente en la generación más joven existe un rechazo generalizado a la guerra como estrategia para resolver problemas. En todas partes del mundo hay gente haciendo un trabajo valioso para prevenir el terrorismo, reconociendo la profundidad de la falta de comprensión y de la idea divisiva del “nosotros” vs. “ellos” que es tan peligrosa. Una reducción significativa del arsenal mundial de armas nucleares demuestra que definir un plan para mayores reducciones hasta la eliminación total de las armas nucleares— como lo ha reiterado recientemente el Presidente Obama en Hiroshima, Japón —ya no parece simplemente un sueño.

La idea de una victoria absoluta de un lado y la derrota completa del otro está del todo obsoleta; en algunas situaciones, después del conflicto, el sufrimiento emerge de un estado que no puede ser descrito ni como guerra ni como paz. La violencia inevitablemente genera más violencia. De hecho, la historia ha demostrado que la resistencia no-violenta impulsa la generación de democracias más duraderas y pacíficas y es más exitosa en acabar con los regímenes autoritarios que la lucha violenta.

Rezar no es suficiente. Existen soluciones para muchos de los problemas que enfrentamos; necesitamos crear nuevos mecanismos de diálogo, junto a sistemas educativos que inculquen valores morales. Estos deben ser guiados desde la perspectiva de que todos pertenecemos a la familia humana y que juntos podemos tomar acciones para enfrentar los desafíos globales.

Es esperanzador ver que hay gente común y corriente en todas partes del mundo mostrando una gran compasión ante la difícil situación de los refugiados, desde quienes les han rescatado del mar, hasta quienes les han acogido ofreciéndoles amistad y apoyo. Siendo yo mismo un refugiado, siento una fuerte empatía por su situación, y cuando vemos su angustia, debiésemos hacer todo lo que podamos para ayudarles. También puedo entender el miedo de las personas de los países de acogida, quienes pueden sentirse sobrepasados. Estas circunstancias traen nuestra atención a la vital importancia de la acción colectiva para restaurar la paz genuina en los territorios de los cuales los refugiados están huyendo. Los tibetanos han experimentado de primera mano vivir esas circunstancias y, aunque un no hemos podido regresar a nuestra tierra, estamos agradecidos del apoyo humanitario que hemos recibido durante décadas de parte de amigos, incluyendo personas de los Estados Unidos.

Otra fuente de esperanza es la cooperación genuina entre las naciones hacia un objetivo común que se puso de manifiesto en el Acuerdo de Paris sobre el cambio climático. En tiempos en que el calentamiento global amenaza la salud de este planeta, nuestro único hogar, solo teniendo en cuenta el interés mayor global serán satisfechos los intereses locales y nacionales.

Tengo una conexión personal con este asunto ya que Tíbet es la meseta más alta del mundo y es el epicentro del cambio climático global, calentándose tres veces más rápido que el resto del planeta. Es la reserva de agua más grande después de los dos polos y la fuente del sistema hídrico más extensivo, de importancia crítica para las 10 naciones más densamente pobladas del planeta.

Foto de Matthieu Ricard

Para encontrar soluciones a la crisis ambiental y los violentos conflictos que enfrentamos en el siglo 21, necesitamos buscar nuevas respuestas. Aunque soy un monje budista, creo que las soluciones se encuentran más allá de la religión, en la promoción de lo que llamo la ética secular. Esta es una perspectiva para educarnos a nosotros mismos basada en la ciencia, en nuestra experiencia compartida y en el sentido común — una perspectiva más universal para la promoción de nuestros valores humanos comunes compartidos.

Por más de tres décadas, mis diálogos con científicos, educadores y trabajadores sociales de distintas partes del mundo han revelado preocupaciones similares. Como resultado, hemos desarrollado un sistema que incluye una educación del corazón, una educación basada en el estudio del funcionamiento de la mente y de las emociones a través de la investigación científica en vez de la práctica religiosa. Ya que necesitamos principios morales— compasión, respeto hacia los otros, amabilidad, responsabilidad — en todos los campos de la actividad humana, estamos trabajando para ayudar a las escuelas y las universidades a crear oportunidades para que los más jóvenes desarrollen una mayor auto-conciencia, aprendan a regular emociones destructivas y cultiven habilidades sociales. Este tipo de entrenamiento está siendo incorporado en varias escuelas en los Estados Unidos y Europa. De hecho, estoy implicado con la Universidad Emory para el desarrollo de un nuevo currículo sobre ética secular que está siendo integrado en varias escuelas en India y en los Estados Unidos.

Es nuestra responsabilidad colectiva asegurar que el siglo 21 no repita el dolor y la masacre del pasado. Porque la naturaleza humana es básicamente compasiva, creo que es posible que en algunas décadas veamos surgir una era de paz— pero debemos trabajar juntos como ciudadanos globales de un planeta compartido.

Fuente: The Washington Post (13 de Junio, 2016) Traducción: Gonzalo Brito.